28.9.10

Gauguin, el terrible.

Gauguin, el terrible 'Nevermore O Tahiti', 1897. Una muestra redescubre la obra del pintor, más allá de las anécdotas pintorescas Eduardo Suárez (Corresponsal) | Londres Paul Gauguin (1848-1903) no le dedicaba una exposición un museo londinense desde hace medio siglo. Y no se puede decir que la Tate Modern se lo haya tomado a la ligera. Su muestra es un sugerente recorrido por la obra del autor francés, incomprendida a menudo y en ocasiones desfigurada por una biografía de película. La exposición le adjudica al autor el título de creador de mitos. Una etiqueta que entronca con sus célebres cuadros tahitianos pero también con etapas menos conocidas de su obra. Gauguin aspiró siempre a transfigurar la realidad. No a ser el espejo de los reflejos de la luz como sus colegas impresionistas. Una voluntad transcendente que no modificaron sus meses en Arles con Van Gogh o sus años en diversos pueblos de la Bretaña. En cierto modo, Gauguin es el pintor que abrió la puerta a las vanguardias. Y no sólo por su pasión por el arte primitivo sino por el modo en el que anticipó tendencias que sólo cristalizaron en los años que siguieron a su muerte. El cubismo que late en algunos de sus bodegones. El expresionismo de sus obras religiosas. El fauvismo chillón de 'La visión del sermón', que se puede contemplar aquí por gentileza de la National Gallery escocesa. Una sorpresa: redescubrir la obra religiosa (a veces, blasfema) del pintorLa muestra -que permanecerá abierta hasta el 16 de enero y luego viajará a Washington- está coordinada por la historiadora del arte Belinda Thomson y consta de más de 100 obras. La mayoría son pinturas. Pero hay dibujos, grabados, esculturas, cartas, relieves y obras de cerámica. También objetos personales del artista que ayudan a entender su peripecia y lo rescatan de la caricatura con la que lo ha ido ensombreciendo la leyenda negra. La muestra retrata a Gauguin como un creador de mitos. Pero también como el hombre de las mil caras. Esposo enamorado de una mujer danesa. Padre torturado por la muerte de sus hijos. Genio satírico antifrancés y anticolonialista. Gauguin no habría sido pintor de no ser por el crack financiero que lo expulsó de su oficio de agente de Bolsa. Y no habría desarrollado su gusto por la luz del Sur de no ser por su niñez en el Perú, de donde procedía la familia de su madre. Gauguin retornó con siete años a París. Pero fue allí donde nació su fascinación por el exotismo de los países del Sur, que le llevaría a Martinica, Tahití y las islas de la Polinesia. La caricatura ha reducido esa fascinación a su gusto por las mujeres indígenas. Fue un gusto real pero anécdotico en el viaje iniciático que el pintor emprendió en la Polinesia. Gauguin indagó en los mitos locales, difuminados por el barniz de la conversión al cristianismo. Un barniz que combatió con jaculatorias y escritos irónicos y coronó bautizando su domicilio tahitiano como "la casa del placer". Se trataba de provocar al obispo católico, escándalizado por sus costumbres de fauno y sus poemas de viejo verde. Pero quizá también de vengarse contra la rigidez de sus años en el seminario y de la superstición de la Bretaña. Y sin embargo el capítulo más fascinante de la muestra es quizá el dedicado a la obra religiosa de Gauguin. El candor de su vírgen tahitiana. La simplicidad expresionista de su crucifixión amarilla. Y sobre todo su autorretrato blasfemo travestido de Jesucristo en el Huerto de los Olivos. Una efigie luminosa en un paraje en tonos fríos. La metáfora del artista atormentado en un entorno que a menudo le fue hostil.