29.10.10

Zoé Valdez. Anticastristas y antirrevolucionaria publica un nuevo libro.

DANIEL ARJONA Quince años después de brindar a los lectores la frescura catártica de La nada cotidiana, Zoe Valdés (La Habana, 1959) regresa a sus protagonistas en El todo cotidiano (Planeta, 2010), una historia de exiliados cubanos y una reflexión sobre el desa-rraigo. La autora, fiera enemiga del castrismo, sueña aquí con una Cuba libre y se defiende de “un mundo evidente” a golpe de Literatura. Interesante reflexión sobre la inmigración pero obviamente escritora de la diáspora contrarrevolucionaria. Pregunta: Recupera a los personajes de La nada cotidiana tras 15 años. ¿Los echaba de menos? Respuesta: Echaba de menos al personaje de la madre, la Ida, por ahí empezó todo. Quería contar la historia de una mujer muy mayor, que debe salir al exilio, y aprender todo de nuevo, ya que ha vivido en un país totalitario y se vuelve a encontrar con la vida y la libertad. P: Yocandra y la Ida se disputan un protagonismo que acaba ganando la primera. ¿Se le escaparon los personajes? R: No, no se me escaparon. Sólo que por primera vez sentí un enorme pudor con el personaje de la Ida, quería mostrar a un mujer fragil, pero resistente. Fue demasiado triste, aún cuando ella es bastante cómica. Yocandra le brindó nuevamente un tono de humor a la historia desde su absurda posición de pseudointelectual trasnochada. P: El todo cotidiano es una novela más sosegada y reflexiva que su precedente. ¿Imposiciones de la madurez? R: Por supuesto, La nada cotidiana, pese a su crudeza, es una catarsis con un aliento de frescura por la edad del personaje. El todo cotidiano es una novela a la que he renunciado en múltiples ocasiones porque no deseaba impregnarla de mi propio dolor, lo que me obligó a observar a otros exiliados e indagar en sus historias. P: Sí, en su libro los exilios son múltiples. ¿Hay que cansarse de la Patria para ser Libre? R: Yocandra se llamaba Patria, así la bautizó su padre. En La nada cotidiana decide cambiar su nombre porque reniega de llevar encima el peso de la Patria. Todas las Patrias conducen a fanatismos y la cultura nos libera. P: ¿Cómo sobrevivir al exilio? ¿En qué asidero sostener la identidad? R: No se sobrevive al exilio. Como en el poema de Cavafis, tu Ítaca, la que dejaste, ya no será la misma. Existen asideros, en mi caso es el idioma. Cuando leo un poema de un cubano me traslado nuevamente a los mediodías en La Habana Vieja, soleados, en el balconcito de mi casa, donde me tiraba en el enlosado a leer. Yo tuve la suerte de poder escribir. El día en que no pueda hacerlo más se me vendrá todo abajo. P: ¿La literatura es para usted un bastión, un último reducto? R: La literatura es misterio. Y hoy el misterio es resistencia. En un mundo tan aburridamente evidente, sólo me interesa vivir en el misterio literario. P: ¿Tras publicar una novela se toma vacaciones o la escritura es para usted trabajo y placer indisociables? R: Yo escribo todos los días de mi vida, incluídas las vacaciones. Nunca he dejado de escribir, ni durmiendo. P: ¿Es usted de las que releen más que leen? R: No, vuelvo siempre a los mismos, releo. Descubro siempre algo nuevo en los clásicos: Ovidio, Rabelais, Flaubert, como si yo fuera aquella joven poeta, hambrienta y rebelde. P: ¿Qué queda de Cuba en su memoria? ¿Sueña? R: Sueño todos los días con la isla, fragmentada, como un rompecabezas, recojo las esquirlas. No es agradable, me gustaría soñar con Finlandia o con Madagascar. P: El erotismo ha marcado su obra. ¿Qué es más complicado, dirigir una escena de cama o escribirla? R: Es más difícil dirigirla que escribirla. No por pudor, sólo porque los actores no se sientan incómodos. P: ¿Regresaría a una Cuba libre? R: Regresaría, pero no sé si para quedarme. Me gustaría estar en el momento de los cambios. Pero amo a Francia, me siento española y francesa, soy un producto del totalitarismo y también de la mundialización. Igual no sobrevivo. Sin embargo, quisiera que mi hija conociera el país en el que nació.