29.12.10

Arte

Condenadamente buena Fresh Hell Comisario: Adam McEwen. Adrian SEARLE Fresh Hell ofrecen en el parisino Palais de Tokyo una exposición sobre el infierno, aunque el entusiasmo y el humor de los artistas aquí reunidos es de lo más fresco. Se cuenta que cada vez que sonaba el teléfono, la escritora y humorista norteamericana Dorothy Parker exclamaba “What Fresh Hell is This?”, que podría traducirse por algo así como “¿Qué nuevo infierno nos traerá esto?”. No debe extrañarnos que acabara abandonándose a la bebida. Pero Fresh Hell es también el título de una exposición comisariada por Adam McEwen, un artista británico asentado en Nueva York, que se muestra en el Palais de Tokyo de París. Nuevo y viejo a la vez La muestra nos ofrece un infierno que es nuevo y viejo: la artista de performance Ana Mendieta yaciendo desnuda sobre un esqueleto, el contenedor hinchable de basura de Martin Kippenberger o esas divertidas peliculitas en las que Gino de Dominicis fracasa una y otra vez en su intento por lanzarse en brazos a una muerte prematura: cuando creemos que está a punto de caer por un precipicio descubrimos que lo único que hace es saltar a un pequeño montículo cubierto de maleza. Fueron muchas las ocasiones en las que de Dominicis anunció su final a lo largo de una carrera que quedó truncada por su muerte real en 1998. En 1985, Mendieta se precipitaba por un balcón en extrañas circunstancias; por lo que respecta a Kippenberger, tampoco se encuentra ya entre nosotros. Merece la pena reseñar que McEwen dirigió la sección de necrológicas del Daily Telegraph, dedicándose a redactar después falsos obituarios de celebridades vivas (incluyendo los de Jeff Koons o Bill Clinton) como obras de arte. Fresh Hell está impregnada de un olor a muerte que no la abandona nunca. Un olor que podría, no obstante, emanar de la exposición de Sophie Calle, instalada en el sótano del mismo Palais de Tokyo, centrada exclusivamente en la madre muerta de la artista y que no importa lo catártica que intenta ser: es sin lugar a dudas la exposición más sentimental que he visto en mi vida. Me quedo -de lejos- con ese infierno de McEwen repleto de artistas inesperados. La muestra se inicia con unos bustos medievales de los reyes de Judea, cuyos rostros sufrieron mutilaciones durante la Revolución Francesa a manos de manifestantes que, erróneamente, los tomaron por representantes de la nobleza gala. Enormes y desfiguradas, las esculturas nos contemplan con su expresión en blanco delante de un panel de construcción forrado de aluminio, una obra de Rudolf Stingel en la que los visitantes son libres de efectuar tajos, grafitis o incisiones. Y lo han hecho. Qué extraño es el mundo Más tarde, nos topamos con un gran dibujo del mundo, obra de Jessica Diamond, con la inscripción Is That All There Is? (¿Y eso es todo?). Sin embargo, la cuestión a plantear es más bien la de qué extraño es el mundo, qué rico, qué singular. Una caja fuerte, grande y destripada, apropiada por Maurizio Cattelan, se muestra en una sala con el orificio que en ella hicieron unos atracadores de banco que se llevaron más de 74 millones de liras italianas en un famoso golpe. El espectador puede escudriñar la oscura oquedad en busca del dinero. Muchas de las obras que aquí se exponen exploran precisamente esa especie de vacío que se adivina repleto y rico: los misteriosos armarios de Reinhard Mucha; In the Hood, una pieza de David Hammons consistente en una capucha arrancada de una sudadera y colocada en la pared a la altura de la cabeza (no hay nadie en ella); Market de Michael Landy, una obra que se expuso por primera vez en una nave industrial londinense en los inicios del boom del joven arte británico que tuvo lugar en los 90, se encuentra también vacía: un despliegue desordenado de puestos callejeros de frutas y verduras con los cajones y tenderetes cubiertos de un tapiz de hierba artificial. El mercado vacío de Landy podría entenderse como una broma sobre el minimalismo, como antecedente del ultrarrealista arte de instalación de hoy o como una metáfora de un mercado del arte donde no hay nada que comprar. Después de todo, el arte puede ser, prácticamente, nada. Fresh Hell está lleno de cosas buenas, de cosas olvidadas, de cosas viejas y nuevas. El entusiasmo, el humor y la curiosidad de McEwen están más que probados. Los artistas pueden ser buenos comisarios. Drogas varias Los intensos dibujos de mescalina creados por Henri Michaux en la década de los 60 se muestran cerca de una fotografía de Sarah Lucas fumando y de un gráfico de Dan Graham sobre las drogas y sus efectos secundarios. Y el arte, ¿qué efectos secundarios tiene? Mountain of Cocaine de Georg Herold es una monstruosa montaña de leche en polvo y resina, mientras otra “montaña” nos recuerda una manga de viento deshinchada. Como las parrafadas de un colgado, es posible que todo tuviera sentido en su momento. La mejor obra de Herold que aquí se muestra consiste en una especie de esquemático laberinto de listones de madera, suspendidos a la altura del pecho por unos hilos sujetos al techo que bloquean el camino del espectador, obligándole a hacer la danza del limbo bajo los listones o a adentrarse por un laberinto tontamente simple. Vamos, otra metáfora. Pursuit (1975) una obra realizada por Bruce Nauman con Frank Owen, es un gag reiterativo, o más bien una reiteración de gentes corriendo delante de un fondo negro. Los pies golpeando, la respiración acelerada, el cabello moviéndose de un lado al otro de la pantalla, los pechos y los traseros rebotando, los brazos agitándose. Inacabable. ¡Quién sabe por qué corren! Y por lo que parece, se diría que hacia ningún sitio. Esa es la meta de la mayor parte de los corredores, y también de la mayor parte de los artistas. De pronto, nos topamos con una escultura anónima del siglo XV representando a San Florián, con su agua tallada vaciando su cubo de madera. El flujo interrumpido del agua es asombrosamente vívido: detenido, congelado en la madera tallada de la escultura. El tiempo se ha parado, y nosotros con él. Nunca el infierno nos pareció tan nuevo.