9.11.11

El cineasta argentino Eliseo Subiela

Empezó a hacer cine en la década del 80 y rápidamente se hizo conocido por su estilo inconfundible que lo hace el cineasta argentino más polémico. Unos lo odian y otros lo aman. Pretencioso e intolerable para unos, sensible y entrañable para otros. Conversamos con él sobre cine y otros temas imprescindibles.
Patricia Wiesse

–Tu cine genera muchas pasiones.
–Sí, podría llenar una sala de gente que está en contra.

–Has dicho que te gustaría que el cine transforme conciencias. ¿El que cumplas una función social como cineasta no es una postura un poco moralista?
–No, me parece un poco ambiciosa. Pero sí creo que debo cumplir una función social. Algunos cineastas dicen que no. Es la herencia de mi generación. Esta esperanza de que podemos mejorar el mundo.

–¿Y eso no te encasilla a nivel cinematográfico?
–No, no es algo que tengo presente conscientemente al momento de escribir mis guiones. El riesgo sería el panfleto. No.

–Tú dices que el cine tiene que ser poético, porque para lo otro están la televisión y las cámaras de seguridad. ¿Es una crítica al cine posmoderno?
–Es una crítica al cine malo, sin historias, sin emoción. Ese cine posmoderno me parece que fue una moda que afortunadamente está pasando; hubo una moda alentada por cierta crítica muy esnob, de películas que algunos llaman ‘tediometrajes’, que eran muy aburridas y en las que la idea era no contar nada y que casi no hubiera nadie detrás de la cámara, que está quieta como si fuera una cámara de seguridad. Ése es un cine que no me interesa.

–¿Está pasando esa tendencia minimalista?
–Creo que sí. Borges decía: “El mejor antologista es el tiempo”. Deja que pase unos años a ver qué queda de eso. He vuelto a ver películas del cine argentino, que es el que más conozco, con historia, con emoción.

–Tu cine tiene muchas referencias literarias, poéticas, reflexiones filosóficas. ¿De dónde nace ese estilo?
–Me gusta mucho la literatura, escribir, la palabra. Le doy mucho valor al texto. Pero, además, la influencia de mis comienzos fue la nouvelle vague francesa, sobre todo Godard, que hace un cine muy literario.

–¿Cuál es el límite al mezclar lenguajes diferentes?
–No llego al límite de Godard, que es un provocador, y que dijo que la película ideal era un señor leyendo un libro. El límite sería la no acción; mientras no deje de haber acción, está bien. Eso es justamente lo que criticamos al minimalismo que mencionaron. El límite es aburrir al público.

–Si un personaje habla y habla puede llegar a aburrir.
–Si no frena la acción, no. En una última película de Ken Loach, a quien admiro, hay una escena donde dos personajes en semipenumbra se pasan hablando como diez minutos sobre Dios, la trascendencia de la vida, de la muerte. Es uno de los diálogos más literarios que he visto en el cine, y una de las escenas más maravillosas. Cuando leo el guión de El lado oscuro del corazón me da miedo. Digo: “Con esto no se puede hacer una película”. Y lo increíble es que no solo la hayamos hecho sino que haya sido tan exitosa comercialmente. Es una hazaña.

–Tú eres muy audaz. En tus películas las vacas hablan, Benedetti recita en alemán. ¿No te da temor?
–Creo que el arte es riesgo, y sin riesgo nada tiene sentido. Tampoco la vida. Pero no creas que me atrevo a todo. Estoy empezando; ya verán lo que viene.

–¿Hay algo a lo que no te has atrevido?
–Sí, muchas cosas. Una mayor aproximación al mundo de los sueños, al pensamiento visual de los sueños. Pero le coqueteamos al riesgo todo el tiempo. No sé si vieron No mires para abajo, mi penúltima película. Es de mucho riesgo, porque es una especie de didáctico sobre sexo. El eslogan era: “Para aprender a hacer el amor como Dios manda”. Y si bien hay una historia de amor, es una especie de didáctico sobre el sexo tántrico.

–¿A Mario Benedetti le gustó El lado oscuro del corazón?
–Le gustó mucho. Una vez me dijo que era la mejor traducción al cine de su obra literaria. Y le llamaba la atención que fuera la traducción de su poesía y no de su prosa.

–¿Hay una estética subielista?
–Hay un estilo. No sé si ahora, pero cuando yo empecé en 1985 e hice Hombre mirando al sudeste, el cine latinoamericano se atrevía menos a lo fantástico. Era realista, político. Pero creo que soy inclasificable, para bien o para mal.

–Algunos critican que caes en estereotipos como el del loco sabio en Hombre mirando al sudeste.
–Estereotipos, no. Que ya se ha dicho todo, sí. No pretendo ser original. Me han acusado de cursi en El lado oscuro del corazón.

–Tú sabías que te iban a decir que era cursi.
–No. Sí sabía que estaba transitando por una zona de mucho riesgo. El lado oscuro… es un bolero filmado, y creo que éste es parte de la razón del éxito que tiene en América Latina, en México, Colombia. Acá pegó más Despabílate amor.
–¿Las críticas no te afectan?
–Si no se meten conmigo sino con la obra, tienen derecho a hacerlo. Sí me molestan.

–¿Te gusta provocar?
–Sí. El arte tiene que ser provocador, riesgoso. Le temo a todo, pero no me frena. Ahora estoy haciendo una película con una cámara de fotos, lo que también significa riesgo. Si no fuera así, me aburro.

–En Rehén de ilusiones, uno de tus personajes dice que tu mayor temor era dejar de amar. ¿Suscribes lo que dice?
–Absolutamente. Yo asocio eso con la vejez y con la muerte. Recuerdo a un amigo y poeta cubano a quien yo amé, Eliseo Diego: a los 80 y pico de años se enamoraba todas las semanas de alumnas, y se lo contaba a toda la familia. Yo lo amaba por eso. Me parece que la energía de la vida es eros, y de eso habla No mires para abajo.

–Tus detractores dicen también que haces un uso excesivo del realismo mágico. ¿Tuviste alguna influencia de la novela latinoamericana?
–No, yo jamás hablé de realismo mágico. Yo digo que lo mío es realismo sospechoso. No, no tiene nada que ver con García Márquez, aunque yo vivo en este continente y estoy nutrido por esta cultura. Pero diría que mi influencia viene de la literatura fantástica argentina. Me siento más cerca de Cortázar o de Bioy Casares.

–¿Tú sientes que haces cine de autor?
–Sí, hay un cine firmado, como en mi caso. En esta categoría están los directores que se juegan las tripas en cada película.

–¿Qué cineastas argentinos te gustan?
–Leonardo Fabio; fui su asistente. Solanas antes de que quisiera ser presidente; le va muy bien en política.

–¿Mujeres?
–Lucrecia Martel tiene un mundo propio.

"Creo que el arte es riesgo, y sin riesgo nada tiene sentido. Tampoco la vida. Pero no creas que me atrevo a todo. Estoy empezando; ya verán lo que viene".
–Todas tus películas están en Polvos Azules y mucha gente te conoce por eso. ¿Qué opinas de la piratería?
–Seguro que si voy me da un ataque. Yo estoy en contra del ‘pirataje’, nos perjudica mucho. La mayoría de nosotros somos productores de nuestras películas. Quizás algunos músicos hayan encontrado una salida con ese sistema por el cual facturan cuando bajan sus canciones. Nuestras películas se bajan gratis de Internet.

–Hay mucha nostalgia en tus películas. ¿Qué extrañas del pasado?
–Son melancólicas, pero no extraño nada del pasado. Todo tiempo pasado fue peor.

–¿Y las utopías? ¿El creer en algo?
–Yo sigo creyendo. No extraño un mundo que creía, porque nos fue muy mal. Gran parte de ese mundo fue una gran farsa. Pero sí tengo gran respeto por mi generación, por el nivel de compromiso y sacrificio personal. Al margen de eso, creo que fuimos autoestafados, autoengañados. Hubo estafadores, tienen nombre y apellido.

–¿Uno de ellos fue Mario Firmenich?
–Sí, qué informados que están. Hubo mucho liderazgo de delincuentes como otros que han terminado trabajando para los secuestradores. Se perdió toda una generación en Argentina por culpa de esos estafadores. El sueño valía la pena; el problema estuvo en los hombres. El comunismo es fantástico, el problema es en qué lo transforma después el ser humano.

–¿Estuviste comprometido políticamente?
–Adherido: participé.

–¿Fuiste peronista?
–No lo sé. Ser peronista y ser argentino es un misterio.

–¿De izquierda?
–Sí. En el ‘68, ‘69. Hacía militancia cinematográfica. Hicimos una película: Mayo, los caminos de la liberación, de 10 directores. Hace poco se recuperó el negativo en Alemania y la dieron por televisión el año pasado; todos menos mi episodio, porque sigue siendo considerado subversivo, lo cual me llena de orgullo.

–¿Tuviste problemas? ¿Te viste obligado a salir del país?
–Por suerte, no. Estuve en cosas que por mucho menos hubo gente que desapareció. Pero nunca fui un tipo sospechoso. Además, trabajaba en publicidad, era un buen chico y ganaba mucho dinero. Difícil que ese tío hiciera una película subversiva.

–¿Puedes contar ahora qué cosas hiciste?
–Algunas sí, otras no. Yo no fui guerrillero, pero colaboré con el movimiento. Mi participación más concreta y arriesgada fue la de esta película.

–¿De qué trataba tu episodio?
–Era un didáctico sobre cómo fabricar y arrojar bombas Molotov. Era muy divertido, estaba tratado como una especie de programa culinario. Una voz de mujer muy dulce iba explicando y te enseñaba cómo tirar la bomba.

–¿Y qué opinas del ‘kirchnerismo’?
–No, de política no quiero hablar. Soy empleado público, porque todos los cineastas argentinos dependemos del Instituto del Cine.

–Sobre la Revolución cubana, ¿cómo ha cambiado tu percepción sobre lo que está pasando ahí?
–De eso tampoco quiero hablar. Mi relación con Cuba es de amor; es un lugar de mi corazón. Me da pena, me da bronca, y empiezo a tener esperanzas a través de conversaciones con amigos que siguen viviendo en Cuba. Creo que la cosa va a cambiar a algo que no imaginamos, que los cubanos son muy imaginativos, valerosos, y soy optimista.

–¿Cómo ves la democracia en Latinoamérica a partir de los años 80?
–Es la mejor etapa que yo he presenciado. Los jóvenes no tienen idea de lo que hemos vivido: la mayor parte de mi vida me la pasé con dictaduras. Estas democracias imperfectas e injustas son lo mejor que ha habido en este continente.

–¿Y este último escándalo de corrupción que ha ocurrido con el asesor de las Madres de Mayo?
–Es lamentable. Me da mucha pena. Ensucia un poco la imagen de las Madres, que son maravillosas, venerables. Pero ese sector de las Madres ha cometido errores —ustedes saben que están divididas—. Un delincuente como ese señor. Ésa es una historia de ese realismo argentino: que un señor que fue preso porque mató a su padre termine trabajando con las Madres, es Cortázar. Creo que por eso es un país con una literatura tan buena.

–¿Situaciones que solo se dan en América Latina?
–En mi época juvenil, la patria grande era un eslogan político, sobre todo desde un país que se la tiraba de muy europeo. Y yo empecé a sentir de verdad la patria grande de manera conmovedora hace pocos años. Me emociona cuando vengo aquí, cuando voy a México, a Colombia. Siento que soy de acá.

–Sientes que ha habido un cambio en los argentinos, que ahora se han aproximado al resto.
–Me parece que sí; algunos golpes nos han venido bien, nos han bajado del caballo. Me parece que los dirigentes políticos de los últimos años han hecho buenas cosas, sobre todo Kirchner. Yo no soy oficialista, pero le reconozco esa apertura hacia América Latina, ese proyecto de trabajar en conjunto.

–¿El punto de inflexión fue esta gran crisis económica?
–Siempre vivimos en crisis; pero claro, la última fue muy fuerte.

–¿Crees en Dios?
–No. Cuando escucho a Bach, sí. Si estamos hablando de un señor barbudo que me cuida, no. Creo en el misterio, en lo que no sé, en el doblez de todo y en el milagro de la vida. Y creo que tenemos una misión. ¡Soy muy contradictorio!

–Tú estuviste hace mucho tiempo en Lima haciendo publicidad. Cuéntanos qué hiciste por acá.
–Estuve un par de veces haciendo comerciales de cigarrillos. Trabajaba mucho para Philip Morris. Es gracioso, porque el cigarrillo me dio de vivir mucho tiempo y casi me mata. Tuve un infarto en Barcelona, triple by pass, fundamentalmente por culpa del cigarrillo.

–¿Eres un converso?
–Llegué a fumar tres paquetes por día. Es una droga.

–¿Estás de acuerdo con las leyes que restringen el fumar en lugares públicos?
–Absolutamente.

–Sobre la luz de Lima, dices que te encanta. Nosotros vemos siempre la ciudad nublada, no nos gusta nuestro cielo.
–Yo hago un elogio fotográfico. Si me toca vivir siempre con esta luz, no sé qué me pase. Por suerte está el pisco sour para compensar. Es una luz tamizada, pareja que no produce sombras y es ideal para hacer fotografía. De las ciudades que conozco, junto con París, son las dos ciudades más propicias fotográficamente.

–¿De qué equipo de fútbol eres?
–Del San Lorenzo, aunque últimamente me aburre. Ahora soy más del Barza.

–¿Messi o Maradona?
–Messi, lo cual quizá solo quiere decir que soy más exitista.