23.5.12

Cartas de Ginsberg a Kerouac. Los beats al desnudo.



Esta correspondencia, bien seleccionada por sus editores y espléndidamente traducida por Antonio-Prometo Moya, es un arsenal de datos, anécdotas y citas, con todos los chispazos de belleza y disparate que cabe esperar de estos dos amigos.



Aunque siempre se habla de ellos como precursores de lo hippie, la onda expansiva provocada por la generación beat es más potente. Esta mañana, al volante, canturreo una balada de Belle & Sebastian, “Little Lou, ugly Jack, prophet John”, y ese “feo” es el guaperas de Kerouac. Walter Salles estrenará en breve su adaptación de En el camino, y me pregunto si la película será una concesión sentimental o podrá explicar algo actual -yo lo veo forzado-. Como ven, el azar amontona señales de la pervivencia de unos autores cuya lectura ha propiciado infinitas imitaciones sublimes o ridículas: todavía recuerdo a un compañero del colegio que, embriagado de Kerouac y Burroughs pasados por Jim Morrison, cada noche de juerga saltaba frente al autobús nocturno al grito de “¡soy un santo americano!”, dejando a expensas de un venturoso acelerón la prueba de que no conviene desafiar a la técnica ni al sentido común.



La importancia histórica de los beats es indiscutible pero, ¿cuántas verdaderas obras de arte han dejado? ¿Qué ofrece realmente su literatura? Por mi parte, creo que el tiempo les está sentando regular, y dudo que ocupen un lugar de primer orden en el panorama del siglo XX. A menudo me parecen vicarios de otros fenómenos más interesantes, empezando, desde luego, por el Bebop. Sin embargo, también hay motivos para disfrutar con ellos: me gusta ver cristalizado el espíritu de una época hermosa en sus libros y en sus vidas, o intuir la sinceridad que late al fondo de su obra, entusiasta y viva. Aunque a veces trampeen, hay en ellos una inocencia (Kerouac), una rabia (Ginsberg) o una tragedia (Burroughs) palpitantes.



El mercado editorial sigue prestándoles atención. Gallo Nero ha recogido el Testimonio en Chicago de Allen Ginsberg, y Anagrama lleva un tiempo al rescate de documentos esenciales para la comprensión de su periplo. Primero fue la versión en rollo de En la carretera y luego la novela pseudoexistencialista Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, un inédito de Kerouac y Burroughs que no contaba nada nuevo. El libro que nos ocupa hoy es el más importante de todos ellos: las Cartas que Kerouac y Ginsberg se enviaron entre 1944 y 1963. La condición necesaria para afrontarlo es que te interesen los autores. Pero si uno cumple ese requisito, aunque sea con matices como en mi caso, es un libro muy valioso.



Esta correspondencia, bien seleccionada por sus editores y espléndidamente traducida por Antonio-Prometeo Moya, es un arsenal de datos, anécdotas y citas, con todos los chispazos de belleza y disparate que cabe esperar de estos dos amigos excesivos practicando una escritura doblemente espontánea, por convicción estética y por la intimidad del género. A mí me ha hecho sentir como nunca la tentación de las listas: nombrar, por ejemplo, todos los libros que leen y comentan, de Dickens a Cervantes pasando por Dante, Mann, Jean Genet, qué sé yo, Max Jacob. O los autores con los que tratan y a los que retratan, a veces con ostensible mala leche (Mailer, Vidal), otras con afecto (William Carlos Williams). O de la música que suena, insuperable: Dexter Gordon, Bird Parker, Gerry Mulligan… Agotaría con placer este espacio citando nombres.



No falta la chatarra entre tanta página. Hay colosales confusiones y empanadas mentales. Ginsberg entendió como quiso a William Blake, y me parece impostura su profetismo: de la condición profética se huye, no se la escoge. No me extraña que Cristóbal Serra, el secreto mejor guardado de la literatura española, me dijera de ellos que sueltan muchas “gansadas americanas”. Ahora bien, ¿no es brillante decir que “Blake le sienta a Whitman como un guante para aplicar a la actualidad la epopeya de la Caída de América” (Ginsberg), o que “el pensamiento reflexivo es en cualquier caso para los generales existencialistas que aman las batallas” (Kerouac)? Ojo con estos jovencitos, veintidós y diecisiete años en las primeras misivas, porque sus intuiciones pueden ser acertadas. Y al menos, siempre resultan llamativas.



Descarados, Ginsberg y Kerouac se consideran sublimes: “el único hombre vivo que escribe realmente como nosotros es Faulkner”, dice el poeta; “Ginsberg es el gran poeta de los judíos americanos del siglo XX”, afirma el novelista. Como en Go! (vaya capones recibe el pobre John C. Holmes, por cierto), como en En el camino, asistimos a un festival ombliguista, una retahíla de wow-qué-locos-estamos, una complacencia extrema en ese movimiento desordenado del que se deja constancia. Kerouac y Ginsberg nos miran por el rabillo del ojo, convencidos de que la posteridad es suya.



Hay delincuencia, trabajos de mierda y autostop, drogas. Todo eso. En cambio, el éxito (que estalla a finales de los cincuenta con la mítica novela de Kerouac y el igualmente mítico Aullido ginsbergano) queda consignado sin regodeo. Determinados hechos que uno imagina traumáticos apenas repercuten en la correspondencia; así, el asesinato cometido por su amigo Lucien Carr pasa de puntillas por el libro, y lo mismo la terrible historia de Burroughs matando a su esposa mientras jugaba a ser Guillermo Tell. Eso sí, Kerouac y Ginsberg nos dejan unas crónicas animadísimas de sus drogotas viajes mexicanos que a mi juicio tienen más interés que las famosas Cartas de la Ayahuasca. También escrutamos su vida sexual, para descubrir las tensiones de Kerouac o los bandazos de un Ginsberg que, a los veintidós años, llega a escribir: “no voy a tener relaciones homosexuales nunca más; ahora mi voluntad tiene libertad suficiente para poner esto por escrito a modo de declaración final”. Y uno piensa en lo que vino después para él, y para todos, y piensa en Obama, y es optimista.



Al final, estas Cartas son tanto el retrato de una “generación desquiciada” (Kerouac) como el de dos individuos enzarzados en notable amistad, uno judío y el otro americano, “hijo de la naturaleza”, pero también, creo, con un sustrato católico más o menos visible. Esa amistad es de fuste: basta ver a Ginsberg aguantando un chaparrón rabioso de Kerouac en respuesta a unos comentarios críticos, y por cierto muy lúcidos, sobre aspectos de su obra. O a Kerouac ofreciendo su ayuda económica al otro. Basta ver sus distanciamientos y su admiración, su respeto y su comprensión. Nunca simpatizo con la voluntad estratégica de constituir grupos y generaciones para lanzarse a la conquista del mercado, y mucho de esto se intuye aquí y allá; pero la amistad no es inventada, y reconforta.



Joyce Johnson, que fue novia de Kerouac, tiene un libro que me gusta mucho, Personajes secundarios (Libros del Asteroide). Allí cuenta que, en los ochenta, asistió a una reposición de la película beat Pull my Daisy, en la que aparecen todos los miembros de la generación y se escucha la voz de Jack. Dice Johnson que su acompañante, anonadado ante lo que ha visto en la pantalla, pregunta: “¿de qué iba esto?”. Ella responde: “del derecho a seguir siendo un niño, creo”. Es curioso, porque lo último que leemos en el grueso volumen de estas Cartas lo escribió Ginsberg en 1963 y dice: “¡Todos somos niños! Sienta bien. ¡¡¡La palabra por fin!!!”. Tal vez aquí esté encerrada la belleza, pero sobre todo el fracaso final, de la generación beat: aspiraron a ser niños, pero apenas reinventaron la adolescencia.





Amigos Beat

Kerouac, Ginsberg... Los venerábamos. Hicimos de ellos dioses de la rebeldía, sin saber, acaso sin querer saber, que además eran hombres y, como tales, frágiles. Su abundante correspondencia, que cesó con la muerte del primero, muestra sin embozo la pasta humana con que estaba hecho cada uno. Ambos derraman un sinnúmero de revelaciones confidenciales en sus cartas. En ellas dan cuenta de sus respectivos abismos: la neurosis, la depresión, el horror a la soledad, la insoportable pérdida de la juventud; en fin, esos barros oscuros donde cada cual a su manera buscaba pepitas de oro literario. Se alaban y se critican. Se quieren y se detestan. Durante veinticinco años intercambian afecto, poemas, dudas, sugerencias, consejos, desde los márgenes de una sociedad que contribuyeron a cambiar a fuerza de rechazarla. Dos niños adultos, obsesionados por la literatura, inconformistas, cándidos, geniales. Lograron esa cosa inhabitual entre ególatras: ser buenos amigos. Fernando ARAMBURU

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