7.5.10

"Las palabras hubieran podido salvarme pero estoy demasiado viva"

En el silencio de la noche, una mujer con manos de niña y ojos de vieja, desventra el alma humana buscando el lugar del encuentro y de la vida. Explora y traza el mapa del camino. Se llama Alejandra Pizarnik. Nació en Buenos Aires en 1936 y muere en la misma ciudad a los 36 años. La inocencia perdida y el paso de la vida la han marcado para siempre. Asombrada por el vértigo del misterio de su propio ser herido, busca el sitio, el jardín, donde poder jugar eternamente, protegida por la mirada de la fuerza creadora, poseyendo la niñez perdida, rodeada por la belleza alucinante del cosmos. Ella no ha comenzado el viaje, es hija de rusos venidos a América. Existe ya desde su nacimiento el signo de la búsqueda y el destierro. Este hecho tiene una importancia capital para entender su vida y la gestación de su obra: raza, religión, idioma, perdidos y transportados a las antípodas. Aquí está la raíz de los principales polos que la atraen: buscar un lugar, un lenguaje. En ella chocan razas y civilizaciones, trasplantes y equívocos, sueños extraños a los que heredan la tierra. Un pasado milenario la atraviesa. Hereda una cultura que se agita en ansiedades telúricas: el amor por el rito, por la gesta liberadora. La religiosidad como una búsqueda con carácter de necesidad vital y ancestral. También paisajes helados y esteparios, los lobos que acechan al viajero, los juegos nocturnos y obsesivos, la atracción de la muerte y el éxtasis. Así se entronca con la poesía de los pueblos, la poesía profética, que en su propia sujeción encuentra el signo de su liberación. El concepto de la identidad entre el hombre y el ser es una clave de la tradición bíblica. Para Alejandra, las palabras y los seres son como dos formas de lo mismo. Por eso, el río purificador que conduce al paraíso será el lenguaje. Irá avanzando por las palabras hasta su propio centro. Su rigor es obsesivo, místico: “Entrar en la literatura como entrar en la religión”, dice en su diario. Experimentar en su lenguaje y en su propia vida serán sinónimos. Pero allí, en la palabra clave, donde termina el viaje, hay otra palabra, el centro del poema hay otro poema, el fin de la búsqueda es la misma búsqueda. Porque el paraíso; el jardín buscado, es el lugar desde donde se ha partido por la culpa y hacia donde se vuelve por la purificación y por la muerte. Nacer y morir se unen a una palabra, ese es el sentido exacto de la palabra paraíso. Contiene como la palabra que lo significa, dos lugares: el que fue y el que será. No tiene ahora. Ahora, se llegue adonde se llegue, la meta no se alcanza, siempre está al otro lado del río. Y la búsqueda se transforma en un ir y venir, en un intento agotador de unir vida y muerte: la palabra muerte sólo cobra sentido cuando se la vive y es la palabra que nadie ha vivido. Y así el jardín es también el infierno, es la búsqueda alucinante y dolorosa. En este punto del análisis la razón se resiste a seguir y se agota. Sólo el contacto directo con el poema nos acerca al misterio. Es aquí en la poesía de Alejandra adquiere toda su dimensión universal y social, al expresar el gran interrogante del hombre contem- poráneo. En su dimensión universal entran en juego elementos muy antiguos y muy actuales que le servirán para expresar los laberintos interiores. Las leyendas populares le prestan los paisajes. Son los desiertos por donde han vagado los pueblos y en donde han celebrado sus ritos de sanaciones. Elegirá sus animales para los holocaustos, serán las muñecas de la infancia, retazos de la vida inocente e ideal. Entonces, en noches silenciosas e intemporales, cumplirá su destino de médium. Hurga, deshilacha. Tiembla alucinada por el terror de su tarea, la locura y la muerte la persiguen y la acompañan. Los fantasmas observan y hacen oír sus voces. Corriendo por sí misma, danza y se interroga, las voces usan su propia voz. Otra gran fuerza también la recorre: nuestra lengua y nuestra tierra americana. Toda la fuerza de nuestro lenguaje, que es un lenguaje de inmigrantes, de buscadores de tierra prometida, un lugar de peregrinación de muchas razas y pueblos, donde la soledad, las peripecias del camino, la vastedad de los paisajes, la falta de una estabilidad milenaria, son concepto hermanos, emparentados con los que antes analizáramos, pero que además aportan un matiz heredado de la literatura española. Es el humor trágico, que en Cervantes y Quevedo llega a su máxima expresión. En su hablar cotidiano, Alejandra desplegaba un humor desbordante y corría por las palabras hasta el absurdo y la risa. Pero en su poesía, esto sólo queda expresado en su más profundo sentido a través de la más simple estructura del lenguaje humorístico: el salto repentino de un concepto a otro, en donde el cambio de estado que produce hace sentir un desconcierto placentero. Su poesía está llena de estas situaciones que alivian la terrible tensión del instante. Hasta aquí hemos configurado un paisaje más o menos confuso de la vida y la obra de Alejandro Pizarnik. Son esbozos de los orígenes del viaje metafísico y lingüístico. Co- mo siempre nos encontramos ante el problema de expresar una realidad única en forma múltiple ya que el lenguaje no nos permite hacerlo de otra manera. Por eso debemos abordar el otro aspecto de la peregrinación y la búsqueda. Alejandra estudia Letras pero pronto deserta, no le sirven, no es lo que busca lingüísticamente. También estudia pintura con Battle Planas y esto influenciará toda su estética, donde el color, el trazo y el paisajismo son elementos pictóricos esenciales en su proceso creativo. Publica sus primeras obras: “La tierra más ajena” (1955),”La última inocencia” (1956),”Las aventuras perdidas”(1958). Los títulos son sugestivos. En 1961, emprende su gran aventura viajera: ayudada por su madre y por un préstamo del Fondo Nacional de las Artes, parte para Europa y allí vivirá cuatro años. Europa es la gran atracción, el centro de la civilización, el lugar donde viven o han vivido sus amigos, como ella decía. Los grandes de la literatura. Su punto de atención es Francia. Rimbaud y Verlaine estarán cerca. Escuchará sentada a sus pies cómo hablan, como sienten los latidos del corazón, como navegan por los ríos interiores. Aprende con avidez el francés. Lee enfurecidamente. Lee todo. Se baña en el surrealismo. También mira todo. Recorre los museos. Klee, Rousseau, Ernst, Van Gogh, Goya, Remedios Varo, le enseñan a ver y componer el cuadro, el metasentido. Entra en contacto definitivo con los malditos y no sólo escritores, sino también los creadores del crimen y el suicidio: La condesa Báthory y Caroline de Günderode, sus hermanas en el vértigo y el terror. Se conecta con el grupo “Tel Quel”. Se apasiona por la crítica francesa: Blanchot y su analítica, el erotismo de Bataille, que le abrirá perspectivas insospechadas para el suyo. Sigue cursos de psicología. Traduce con rigor y casi científica a Hölderlin, Bonnefoy, Cesaire, Antonín Artaud, Duras, Breton, Eluard. En París es secretaria de Julio Cortázar. Esta relación con el gran escritor argentino, será el principio de lo que será su vuelta y el sentido de la tercera etapa de su vida. En Europa conovce a los grandes de América. En 1962, desde allí publica en Argentina, su “Árbol de Diana”. Octavio Paz lo prologa. Sin darse cuenta y por otros motivos, como siempre pasa, Alejandra vuelve, a la tierra que el azar le ha dado por patria. Se cartea con todos los escritores que conoció en Francia. Une con palabras los países. Europa, con América, América con América. “Los trabajos y las noches”(1965) le traen los premios. Publica “Extracción de la piedra de la locura”(1968), “La Condesa sangrienta”(1971),”Los pequeños cantos”(1971). Traduce a su escritor favorito Pieyre de Mandiargues. “La Bucanera del Pernambuco”,y su último libro “El infierno musical”(1971). Aquí, en el infierno, la buscadora del jardín termina el ciclo. Rompe su lenguaje, despatarra por fin las muñecas que le quedan, desordena y deshoja los libros que ha acumulado en su mente. La fascinación por la muerte la excita hasta el espasmo, allí está la palabra donde significado y objeto se unen de un modo único. Síntesis donde nombre y lugar se corresponden y donde vida y literatura se borran para formar un todo inseparable e inexpresable. Es el fin del viaje. El poema total. No hay ya diferencias. Ya no hay dos jardines. El río ha desaparecido y el 25 de setiembre de 1972 se mira para siempre en el espejo de la muerte. Al final dijo: “Las palabras hubieran podido salvarme pero estoy demasiado viviente”.