28.6.10

La embriaguez del solitario

La embriaguez del solitario Por Luis Moreno Claros Así hablo Zaratustra Como “un libro para todos y para nadie” definió Friedrich Nietzsche a su obra Así hablo Zaratustra, destinada a formular una nueva moral y que representó un álter ego ideal y sano de un filósofo que comenzaba a encontrarse enfermo. “De ahora en adelante se me contará en Alemania entre los dementes”, escribía Friedrich Nietzsche (1844-1900) en 1883, poco después de concluir la primera parte de Así hablo Zaratustra; así de novedosa y provocadora consideraba a su criatura. Por aquel entonces, y enfermo y alejado definitivamente de su actividad docente, el filósofo vivía apartado de los seres humanos en una aldea de los Alpes suizos. Cuando sus terribles ataques de migraña le concedían un respiro daba largos paseos por los bosques y las orillas de los lagos, embriagado de lecturas, melodías, pensamientos, presagios y extravagancias poéticas. Fue durante aquellos periplos cuando concibió las ideas centrales de su Zaratustra, cuando perfiló el personaje y la obra misma, “En dos ocasiones he tenido que quedarme en casa por la ridícula razón de que tenía los ojos irritados”, escribió ya en 1881. “En ambos casos se debía a todo lo que lloré el día anterior, durante mis excursiones. Pero no fueron lágrimas sentimentales, sino de gozo; canté y grité cantidad de sinsentidos, embargado por una nueva idea que nadie ha tendido antes que yo”, añadía. Se presume que aquella genial idea pudo ser la del “eterno retorno a lo mismo”, la visión trágica que muestra a los seres humanos destinados a vivir sus vidas una y otra vez sin que puedan escapar al círculo de las repeticiones. Éstas y otras ocurrencias de Nietzsche, en concreto el concepto de “voluntad de poder”, la idea del “superhombre”o la certeza de “la muerte de Dios” constituyen la culminación del pensamiento inacabado del filósofo, cercano ya a un declive mental que lo condenaría a pasar enajenado y como un vegetal la última década de su vida. Su Zaratustra fue una especie de álter ego gozoso, sano e ideal del Nietzsche enfermo, una difusa encarnación literaria del sabio persa a quien se atribuye el Zend Avesta, pero también un retrato compuesto por rasgos de Empédocles o de Heráclito, y hasta de un Jesús de Nazaret hablando por boca de Lutero. Semejante personaje expresa a través de una serie de sermones morales, metáforas, aforismos y sentencias buena parte del pensamiento de aquel Nietzsche exaltado, casi poeta, casi sobrehumano, que, tras haber sido abandonado por Lou Salomé, su musa intelectual, pasó por una etapa “mística” en la que creía un nuevo educador y un nuevo fustigador de la especie humana. Pues no tra cosa pretendía con su libro: predicar una “nueva moral”. Así habló Zaratustra, “un libro para todos y para nadie”, lo subtítulo su autor. También dijo de él que era “el regalo más grande que haya podido hacérselo hasta ahora a la humanidad”; y en cuanto a su estilo literario: “Me hago la ilusión de haber llevado el idioma alemán a su perfección con este Zaratustra”. Aquella extravagancia filósofico-poética fue, en efecto, como una obra delirante; en su momento gustó a escasos lectores, aunque al cabo de los años terminó ejerciendo una influencia capital en diversas esferas culturales, tal como lo ha demostrado la variopinta condición de sus adeptos: “derechas” e “izquierdas”, anarquistas hasta feministas (la célebre frase que tanto odio le granjeó a Nietzsche por parte de sus detractoras: “¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”, la pronuncia una anciana que se jacta de “conocer a las mujeres”), naturistas y hippies, cientificos y hasta algunos genetistas actuales; multitud de artistas y escritores de enorme solvencia, como August Strindberg o Thomas Mann se inspiraron en sus páginas, y aun hoy continúan siendo fuente de interpretación para los filósofos.