5.6.10

Soberanía y transgresión: César Moro

SEGUIR A MORO Quiero en primer lugar señalar que la poesía de Moro me sedujo desde que la leí por primera vez en francés, en la hermosa Antología de la poesía surrealista en lengua francesa, compilada y traducida por Aldo Pellegrini (Buenos Aires: Fabril, 1961). Los escuetos datos de Moro consignados a manera de presentación me resultaron bastante intrigantes: había nacido en el Perú con otro nombre y como usuario de otra lengua; desde 1929 había integrado el cenáculo surrealista con sede en París; sus poemas figuraban en publicaciones tan importantes como la revista Le Surréalisme au service de la révolution y el volumen-homenaje Violette Noiziéres, famosa parricida, publicado en Bruselas con textos de otros siete destacados surrealistas: Breton, Char, Éluard, Henry, Mesens, Péret y Rosey; el propio André Breton le había encomendado la organización de la “Exposición Internacional del Surrealismo” que tuvo lugar en México en 1940, y que preparó al lado del artista austríaco Wolfgang Paalen. Curiosa de conocer a Moro, en adelante me empeñé en recuperarlo, en perseguirlo. Este proceso me permitió entrevistar a sus amigos, acercarme a sus pares poéticos, de quienes guardo entrañables recuerdos: Manuel Moreno Jimeno y Emilio Adolfo Westphalen, pasaron conmigo tardes enteras mostrándome los materiales entonces inhallables de Moro, como la edición prínceps de La tortuga ecuestre, publicada por su albacea, el poeta francés André Coyné en 1957, y que no volvió a publicarse en su versión completa en Lima hasta el año 1980, cuando Ricardo Silva-Santisteban compiló el volumen titulado Obra poética 1, publicado por el Instituto Nacional de Cultura y que incluía, además de La tortuga ecuestre, el poema Antonio y las Cartas, escritos en español, una deslumbrante serie de colecciones francesas–Lettre d’amour; Le château de grisou; Pierre des soleils; Amour à mort. Mi primer estudio sobre Moro fue la tesis César Moro o la sublime interpretación delirante de la realidad, presentada en San Marcos para obtener el título de Licenciada en Literatura en 1989, investigación en la que conté con el apoyo incondicional del poeta Carlos Germán Belli y los amigos de Moro ya mencionados. Coyné, el receloso albacea, en una de sus visitas a Lima me concedió una entrevista en un café de Miraflores y de algún modo le dio el visto bueno a mi proyecto. Además, varias veces visité también al editor Ricardo Silva-Santisteban, quien guardaba otras joyitas moreanas que en aquel momento estaban fuera de circulación. Más adelante expandí la investigación limeña para estudiar toda la obra surrealista de Moro, en mi tesis doctoral titulada “Renommée de l’amour: la poesía surrealista de César Moro”, depositada en la biblioteca Butler de la Universidad de Columbia en 1996. En este período del trabajo me apoyaron con su lectura atenta de mis textos, los catedráticos Alfred MacAdam y Diane Marting. En ambos casos, tuve la libertad para realizar mi asedio con un estilo y un método absolutamente personales, que es la única manera en que un poeta puede pensar la obra de otro poeta, me parece. André Coyné, que junto con Westphalen es el biógrafo más confiable de Moro, ha señalado en varias ocasiones dos rasgos de su personalidad que al conjugarse establecen una interesante dinámica tanto en su vida como en el destino posterior de su obra: primero, la intensidad vital, traducida en esa vocación por habitar “en los sitios de peligro donde no hay salvación ni regreso” y junto a ello, el ocultamiento, es decir, la decisión de colocarse en los márgenes para dar rienda suelta a su experiencia sexual, constituida por una series de encuentros tangenciales y un persistente y trágico amor. Puesto a elegir entre la posteridad y el instante, Moro optó por el imperativo del cuerpo, para inscribir allí los signos de esa aventura que sólo pudo trasladar al papel de manera aleatoria, según los avatares de mudanza o dinero y de vez en cuando reunir en breves cuadernos poéticos que, salvo Le château de grisou, Lettre d’amour y Trafalgar Square, se organizaron y vieron la luz de manera póstuma. Este particular destino de su obra, que todavía no se ha visto reunida en un solo tomo definitivo, no hace sino resaltar lo compleja y fascinante que resulta la trayectoria poética y vital de Moro. Moro tiene una obra escrita en dos lenguas, francés y español, que sin embargo guarda una coherencia implacable a partir del leitmotiv fundamental que la anima, la Pasión amorosa, pese a que además de la poesía, incursionó en el poema en prosa y el género epistolar. Pero Moro era también un artista plástico importante, que en vida compuso series de bodegones, dibujos, collages, y expuso en ciudades como París, Bruselas, México y Lima. Moro además ejerció el periodismo cultural. Por ejemplo, durante sus años de residencia en México –todo una década completa, de 1938 a 1948, en lo que yo llamo ‘su segundo autoexilio’- colaboró con destacadas revistas literarias como El hijo pródigo, Letras de México y Poesía. Moro ofició también de difusor de la buena nueva surrealista no sólo en París sino sobre todo en nuestro continente y fue él quien, al lado de Westphalen, incendió la pradera poética surrealista en el Perú, aunque ya con cierta antelación, Xavier Abril había atizado el fogón, digamos. También merece resaltarse la labor de traductor que realizó Moro, quien dedicó “Pequeñas antologías”, como las llamaba, a la poesía de André Breton, Giorgio de Chirico –poeta y plástico, como él-, Paul Éluard, además de traducir el relato autobiográfico En-bas, Abajo, donde la artista y escritora inglesa Leonora Carrington cuenta la aventura de su internamiento en un hospital psiquiátrico en España durante la Segunda Guerra Mundial. Moro pertenece en rigor a dos tradiciones literarias distintas –figura en importantes antologías del surrealismo francés y al mismo tiempo, toda su obra francesa se ha divulgado en el mundo hispanohablante –en Lima, Caracas, México, Madrid- en excelentes traducciones realizadas sobre todo por poetas; posee un talento ‘ambidextro’ –visual y escrito-, realiza gran parte de su trabajo artístico en el exterior –vivió ocho años en París y diez en México-. Pero además, en la década del 20, Moro declaró públicamente su homosexualidad, con lo cual fue visto con reserva incluso por los propios surrealistas, como han señalado Coyné y Mario Vargas Llosa, quien lo tuvo de profesor de francés en las aulas del Colegio Militar “Leoncio Prado”, tal como relata en su novela La ciudad y los perros. Además, entre 1943 y 1944, poco antes de separarse formalmente de las filas surrealistas, Moro se atrevió a disentir por escrito con Breton, en dos textos recogidos en su libro póstumo Los anteojos de azufre (1958). En el primero, que lleva por título “En un frondoso artículo…”, Moro condena la incorporación al surrealismo de ciertos intelectuales marxistas cuya trascendencia le parecía cuestionable –habla sobre todo de artistas afiliados al muralismo mexicano, que siempre denostó; el otro es la reseña titulada “Lectura de Arcane 17”, donde emprende una crítica visceral al modelo heterosexual de pareja propuesto por Breton en su libro Arcane 17, como único modo de vivir el amor-pasión, eje fundamental de la filosofía surrealista. Por eso, al delinear ese carácter disidente, radical, visceral incluso de Moro –no puede ser sino visceral alguien que escribe: “Ahora sería fácil destrozarnos lentamente / Arrancarnos los miembros beber la sangre lentamente”, me resultó fundamental referirme a dos ideas de Georges Bataille, pensador polémico y poeta disidente del surrealismo, igual que el primero. Me refiero a los conceptos de soberanía y transgresión, desarrollados en un período más bien temprano de su pensamiento, en lo que la crítica llama el período heterodoxo de Bataille. Soberano, para Bataille, es aquel individuo que se atreve a vivir y discurrir en sociedad más allá de cualquier prohibición o ley. Los dos interdictos que subvierte, o para decirlo en palabras de Freud, los dos tabúes que se atreve a romper, son los del incesto y el crimen, pilares que permiten cohesionar civilizadamente a la sociedad occidental. El crimen poético de Moro consiste en haber exaltado el instinto y celebrado la pasión amorosa hasta su límite, esto es, hasta ese punto culminante en que el orgasmo converge con la muerte. Su visión y su lenguaje, han sido para mí una presencia y un magisterio permanente, lo mismo que para los otros y las otras poetas de mi generación, que de algún modo hicimos de él un escritor de culto, tal vez porque su obra se reunió por primera vez en el Perú justamente en 1980 y ese hecho nos resultó definitivo. Por eso, este libro también es un homenaje a la amistad, a la pasión, a la poesía. Y les agradezco por estar aquí conmigo, celebrándolo. Mariela Dreyfus