25.7.10

André Téchiné

Palabra de Téchiné El cineasta francés retoma sus obsesiones sociales a través de La chica del tren Juan SARDÁ Tragedia, vitalismo, diversidad cultural e identidad vuelven a ser los ingredientes de La chica del tren, la nueva entrega del director galo André Téchiné que llega hoy a nuestras pantallas. Apoyado una vez más en la diva Catherine Deneuve (que realiza una de sus mejores interpretaciones), Téchiné se inspira argumentalmente en un hecho real y en una obra de teatro de Jean-Marie Besset. El resultado, un fiel retrato de las angustias, los miedos y los prejuicios de la sociedad francesa. Los aficionados al cine de André Téchiné pueden tener algo claro: en alguna escena de la película todos los personajes se reunirán alrededor de una mesa para comer y ese momento anticipará la necesaria catarsis. Esa mesa la ha presidido ya varias veces Catherine Deneuve, musa del cineasta desde los tiempos de Hotel de las Américas (1981) y con la que vuelve a coincidir en La chica del tren por sexta vez. En las manos del emérito cineasta galo, Deneuve (tan bella como siempre y quizá mejor actriz que nunca) interpreta a la sufrida madre de una joven atolondrada que no conoce mejor forma de llamar la atención que inventarse el haber sido víctima de una agresión antisemita. La historia, basada en un episodio real que conmocionó en 2004 a la sociedad francesa, permite al autor de filmes como En la boca no (1991), Los juncos salvajes (1994), Los ladrones (1996) o Los testigos (2007) sumergirse en algunos de sus temas predilectos: la mentira, las relaciones familiares y la identidad, relacionada con la convivencia entre diversas razas y culturas. Todo, con ese tono que oscila entre la tragedia y el vitalismo que es desde hace años la marca de la casa. “La historia de esa mentira, que puso en evidencia al propio presidente Chirac, fue uno de los sucesos más publicitados y lamentables de la historia reciente francesa”, ha explicado Téchiné sobre la base real de un bulo que incluso tuvo eco en España. “Sin embargo”, añade, “lo tenía completamente olvidado hasta que vi la obra de teatro de Jean-Marie Besset en la que se basa la película. Me sorprendió y conmovió la cantidad de implicaciones que tiene ese pequeño incidente”. La película de Téchiné ofrece un espejo de todas las angustias y miedos franceses y es absolutamente reveladora de eso que llamamos el inconsciente colectivo. “¿Cómo una mentira se transforma en una verdad y se amplifica hasta el infinito? Es una pregunta apasionante”. La cuestión nos conduce directamente a uno de los asuntos más y mejor tratados por el cineasta en sus películas: los prejuicios y falsedades que lastran la comunicación. En esta ocasión, tal y como se subraya en el propio filme, la sociedad entera está deseosa de escuchar una historia que confirma sus prejuicios respecto a los inmigrantes que habitan los suburbios de París, ese grupo social que el presidente Sarkozy puso en la mirilla de todas sus iras. Ligereza y catástrofe Como se ha dicho, no es nuevo. En absoluto. En Los juncos salvajes, la película que supuso la consagración internacional de Téchiné, la guerra de Argelia sobrevuela todo el metraje. Asistimos al proceso por el que la sociedad francesa se las ve y se las desea para superar sus prejuicios contra los pied-noirs (galos nacidos en el país africano), dificultad que se ve agravada cuando se trata de asumir a los propios árabes. En una de sus mejores escenas, una profesora comunista que se congratula de erigirse en la voz de los oprimidos no puede reprimir su disgusto cuando un compañero le presenta a su mujer musulmana. El asunto vuelve a ocupar un lugar central en Lejos (2001), donde el carácter de frontera de Túnez sirve como metáfora entre la miseria y la opulencia; para muchos, la vida o la muerte. En La chica del tren el asunto da una nueva vuelta de tuerca ya que la protagonista, Jeanne, (Emilie Dequenne, vista en Rosetta) se mete de forma voluntaria en la piel de una víctima del racismo por motivos que el espectador jamás alcanza a comprender. Como se pregunta uno de los secundarios: “El verdadero misterio de todo esto es: ¿Por qué lo ha hecho?”. La pregunta, que es el leitmotiv de todo el filme, queda incluso sin respuesta en boca del propio cineasta: “Aunque tiendo a pensar que se trata de un acto desesperado para solicitar afecto la respuesta va más allá del juicio. Hay algo en ese acto, en esa automutilación, profundamente perturbador, incluso monstruoso. En este sentido, la protagonista es un personaje real y fantástico”. La ligereza, ese joe de vivre tan propio del cine de Téchiné, sigue estando allí, ese amor por la vida y sus pequeñas delicias que una y otra vez sirve de contrapunto a las tragedias que vemos en la pantalla: “El hecho de que Jeanne sea patinadora me ofrecía una forma irresistible de representar la ligereza que quería en la primera parte del filme. Era importante que en ningún momento se percibiera la tempestad que se aproxima, nunca me ha gustado que las películas avancen una catástrofe cuando los personajes viven completamente al margen de ella. Aunque Jeanne hace una cosa tremenda, es una mujer vital. A pesar de todo, me entran ganas de quererla”. La identidad dolorosa La pasión y el deseo son otros ejes de la filmografía de Téchiné. Más concretamente cuando ese amor reviste un carácter extraño o peligroso. Lo vimos, por ejemplo, en la extraordinaria Los ladrones, en la que la pasión amorosa conduce a una mujer cuadriculada (la propia Deneuve) a los abismos del crimen y la perdición. En esta ocasión, el “hombre fatal” cobra la presencia del actor Nicolas Duvauchelle, que interpreta a un campeón de lucha libre que oscila entre la necesidad de afecto y la agresividad, una combinación explosiva que ya vimos en otros personajes emblemáticos del cineasta como el Serge de Los juncos salvajes o el Martin de Alice y Martin (1998). Finalmente, como quizá en todo el cine del maestro, la identidad, su búsqueda, el dolor se erige en asunto central: “Hay un paralelismo entre la protagonista, Jeanne, y el niño, Nathan. La primera renuncia a su comunidad erigiéndose como víctima para encontrarse a sí misma. El segundo, a través del Bar-mitzvah (ceremonía judía). Para ambos, resulta muy doloroso”.