25.7.10

Primera apostilla a “SUEÑOS BÁRBAROS” El detrás de cámara de una novela Hemos visto una pequeña puesta de Electra extraída de las páginas de Sueños bárbaros. En ella Paloma se ha interpretado a sí misma. Retrocediendo el tiempo ha intentado encarnar a la adolescente que fue cuando ingresó a Cuatrotablas y hubo de representar la Electra de Sófocles. Al meterse en ese papel, Paloma ha terminado fabricando un meta-teatro y ella se ha convertido en una meta-actriz. Sus parlamentos, tanto los que dice como Paloma como los que expresa desgarradoramente como Electra, son un meta-texto. Y traigo esta reflexión a colación porque en la novela Sueños bárbaros se suscita este mismo “meta-fenómeno”. Cuando Rafael, Pipo y Claudio ruedan el film que trata del propio rodaje que van haciendo, están creando una meta-película. De una ficción surge otra ficción y el producto resultante no es más que un reflejo de ambas. Ello permite que incluso lo que llamamos realidad se disuelva y aparezca bajo otra luz. A estas alturas ya no sé por qué lado de la ficción discurro. No sé si esta presentación es también la continuación de la novela. Incluso pienso que estas palabras no son más que un meta-floro. Debo confesarlo, esta novela nace de una frustración. Siempre quise hacer películas y ser cineasta, pero como sé del carácter colectivo y casi industrial de esta ocupación opté por la escritura, y en alguna medida la pintura. Son actividades más solitarias y menos grupales que el séptimo arte. Controlar una enorme maquinaria para contar una historia con una cámara, debe ser de los sucesos más apasionantes de una vida, pero también de los más difíciles. Recogiendo al cineasta frustrado que llevo adentro, tal vez sea interesante reseñar cómo se construyó esta meta-novela sobre una meta-película. Es decir, contar el detrás de cámara, el behind the scenes en sentido “real” y figurado. Comenzaré diciendo que poco antes de terminar La comedia del desierto ya merodeaba Sueños bárbaros en mi cabeza y guardaba celosamente algunas cuartillas en mi computadora. Por entonces frecuentaba la casa de mi amigo Rafael Delucchi y tenía ya la certeza de que quería escribir sobre él y sobre ese caserón poblado de actores, músicos, pintores y cineastas. De saltimbanquis, malabaristas y jaguares. No es casual entonces que esta superposición entre la “vida vivida” y la “vida novelada” definiera el rumbo futuro que tomaría Sueños bárbaros. Una vez publicada la anterior novela me aboqué a ésta y seguí escribiendo borradores, fragmentos, escenas, diálogos, nociones de estructura. Lo que surgiera naturalmente del Lincoln, del inconsciente. Apuntaba a mano cualquier idea que se me cruzara por la cabeza y siempre al terminar el día me daba un tiempo y transcribía decenas de papelitos que iba sacando de los bolsillos. Llegue a acumular como 200 páginas de apuntes: notas, caminos tentativos, posibilidades dramáticas y pequeñas prosas. Recién en el año 2007 abandoné todo, me eché a ordenar el dilatado material y tomé la determinación de terminarla. Concibo la novela como una gran pintura, como un mural al fresco. Como acumulación de múltiples retazos de vida y de conocimientos humanos, que se van delineando lentamente. Pienso la novela también como la reunificación de una parcela del universo. Si la anterior vinculó la literatura a la reflexión filosófica, ésta se detendría en los vínculos entre el cine, el teatro y la literatura. Un nuevo diálogo entre las artes y el pensamiento es el signo de nuestros tiempos. En un momento en que todos los géneros parecen agotados y todas las corrientes llegan a su fin, la integración me parece el único camino. Casi coincidentemente me asaltó una obsesión por los meta-filmes, el cine visto desde el cine y las posibilidades expresivas que te permite la ficción, dentro de la ficción. Después de barrerme los kioskos cinéfilos de Polvos Azules comprendí que todo iba cool en los metafilmes hasta que en un determinado momento se comenzaban a confundir las ficciones. Se producía entonces una ruptura epistemológica, un crac conceptual y surgía el mundo alucinante de las meta-ficciones. Así fue gestándose Sueños bárbaros y así fue convirtiéndose también en un tratado de meta-cine. ¿Qué más puedo decir de Sueños bárbaros? Que es una locura. Es de locos ponerse a escribir una novela árbol, -gracias Luis Hernán por el término-, sin irse por las ramas. Pero la vocación es así, irreductible. Y cuando la locura cobra vuelo le da sentido a la existencia humana. Si no que lo diga Rafael Delucchi que siempre anduvo metido en empresas imposibles. Por eso cuando lo vi bañándose con sus otorongos supe inmediatamente que estaba “viviendo” una novela. Y quizá en esa asociación entre aventura vital y literaria resida la fuerza del género, su capacidad para movilizar sentimientos y reflexiones, de inventar un mundo y descubrir la forma de mirarlo para poder vivirlo. Vida y obra también las imagino unidas. Si se escribe hay que hacerlo desde el forro y hay que estar premunido de una voluntad de aluminio. Hay que levantarse en la mañana con la alegría de tener todo un día por delante solo para escribir. Un café, un cigarrito, quizá un bate para lanzar lejos la pelotita de la inspiración describiendo una parábola perfecta. Una novela esta hecha de cientos de estas jornadas, de largas divagaciones por los malecones tratando de recoger la idea fuerza que te hilvanará el capitulo siguiente. De jirones de cotidianeidad. Volantines creativos donde la vida se resuelve entre la laptop y la cama, una coca cola y un pan con queso. La cama. Objeto raro asociado a la vez al nacimiento, a la muerte y al placer. Además es la cama el lugar destinado a soñar y a ensoñar. Me he pasado horas resolviendo la trama de esta novela entre las sábanas y viendo cientos de películas en ella. El cine en la cama es lo máximo. El cine también es soñar. Tiene la misma sustancia que el sueño, la misma inmaterialidad. Fue en estas disquisiciones dentro de la cama que opte por el método de la disipación creativa. No forzar a la imaginación, dejarla fluir, que los personajes se echaran a correr. La novela debía hacerse sola. Supongo que del inconsciente brotó también el tema de los metafilmes. Sunset Boulevard, la mujer del teniente francés, La noche americana, el extra de Cantinflas, El moderno Shelock Holmes de Buster Keaton, me atraían de un modo maravilloso aunque no sabía por qué. Solo después descubrí que esas películas eran llamadas metafilmes, ya que se filman a sí mismas. Gracias a mi sobrino Sandro Patrucco por esa revelación. En fin, todos estos años he recurrido a la atención latente tal como lo recomienda nuestro amigo Karl Gustav Jung. Cazar el curso del lincoln, del inconsciente. Reconozco que siempre me sedujo su punto de vista desde que mi hermano Etalo me prestó un libro que se llamaba Recuerdos, Sueños Pensamientos. El azar envolvente, dejar que el inconsciente abriera el camino de la creación, la concatenación de inciertos sucesos psíquicos que son la madre del arte. Incluso algunos personajes se metieron por los palos, porque inicialmente no estaban contemplados. Ya estaba por la página 200 cuando una mañana me desperté pensando en el finado Claudio Baschuk. ¿Por qué no lo he metido? me pregunté. Una historia tan trágica y tan triste merecía estar en la novela. El me avisó desde el más allá de sus sueños bárbaros y se coló aprovechando una duermevela. Fue también arrebato dadaísta que escogiera la Electra de Sófocles como la obra que Paloma representaría en su ingreso a Cuatrotablas y que la llevaría finalmente a vivir “entrecomillas” su propia tragedia, a encarnarla hasta la agonía. Estaba en la biblioteca de un amigo y casi automáticamente saqué un libro de una extensa colección de teatro clásico. Era Electra. Nuestro inconsciente colectivo está hecho de arquetipos que vienen desde los griegos, y aun antes. Y muchos mitos rondan las cabezas de nosotros sin saber que están allí. En fin, durante años me dediqué a perseguir las señales del inconsciente, del lincoln como lo llama Pipo en la novela, y que son el principio del arte, Ese fue mi camino durante los casi diez años que me demoré en escribirla. No me acuerdo en qué momento sendero luminoso invadió mis paginas con un cartucho de dinamita. Debió ser al principio. Por entonces volvió a mi cabeza una idea vieja. Escribir una tragedia. Pero no siempre se puede. Aristóteles explica que los seres que pueblan las tragedias son personajes mejores que nosotros. Tal vez quiso decir que en condiciones excepcionales de violencia y caos aparece lo peor y también lo mejor de los hombres y mujeres. Siempre el abismo es necesario para que todo se despeñe. Basta leer Edipo, Macbeth o el propio Hamlet, que en mi novela está interpretado por el loco Achote. . Se necesita una historia consistente y que se desarrolle en un clima extremo y polarizado. Frente y al pie del acantilado. Épocas de convulsión y personajes enfrentados a un cruel destino, callejones históricos sin aparente salida, personajes que labran inexorablemente su propia destrucción. Casi inmediatamente miré el país en el que vivíamos. ¿No estaba el Perú de los noventa al borde del borde del precipicio? Entonces pensé que la lucha entre Sendero y los militares era un escenario perfecto para que Sófocles o Shakespeare construyeran una trama. Durante meses leí y releí Electra y quedé cautivado. No me quedó mas remedio que reescribirla a la luz de la guerra interna y la contrainsurgencia, de la dictadura y terrorismo. Dónde están los restos de la camarada Norah? ¿Dónde la escondieron? Murió o fue asesinada por Abimael. En pocos países se cuecen historias de tanto calibre. La propia insurgencia y caída de Fujimori, nos recuerda a los reyes de Shakespeare. O Abimael conducido por su propia megalomanía a decretar la muerte masiva en Tarata o Lucanamarca no era acaso un Ricardo III tronchado del espíritu. Es curioso, la realidad es otra modalidad de la ficción quizá más precaria porque se alucina madre de aquella. Cuando se borra el predominio de una sobre otra se abre el campo a novísimos sentidos. Rompemos estereotipos y fronteras, los límites se desdibujan, las jerarquías de las ficciones se rompen como si el lector observara todo a través de un juego de espejos, y no supiera de donde procede su imagen. . Frente al texto opté por ser lo menos literario posible para retratar las justeza del guión, con la excepción de los tires y los coitos, que son abundantes lo confieso. Surgió así una poética muy funcional al clima sordo y terrible del pais de los noventa. Y claro, las técnicas cinematográficas lograron el predominio de lo visual que la historia requería. Surgía como por encanto la abolición del tiempo muerto, el montaje en paralelo y la simultaneidad de los múltiples discursos. Creo particularmente que Sueños bárbaros ha intentado un nuevo retrato del país, más verosímil y nada costumbrista, ajeno a las visiones únicas que hemos asumido para vernos a nosotros mismos en la literatura y el cine. Mirarnos de nuevo, literariamente hablando, a través de las imágenes infinitamente reflejadas de un film que se filma a sí misma. En el fondo creo que lo único que he buscado es que la gente recuerde la novela como si hubiera visto una película. Un ultimo agradecimiento a los amigos, mis personajes muertos. Un brindis por Paco Pinilla, Claudio Baschuk, Juan Bullita, el gordo Peña de Amnistía, Constantino Carvallo, a Watanabe y también al loco Achote, por ser como fueron. Y un salud con mis amigos vivos, protagónicos, secundarios y extras de Sueños Bárbaros. A Pipo Gallo, Domingo de Ramos a la propia Paloma por permitirme fabular sobre sus vidas y construir otra historia en paralelo. Gracias a todos. Gracias Rafael, por brindarme tu casa durante esos largos años. Gracias por existir porque sin ti no hubiera habido sueños bárbaros. Solo quiero que allí donde te encuentres designes un cineasta para llevar esta novela a la pantalla. *Pero sin mi. Rodrigo por fa.