20.7.10

Dadá: cómo detener la historia.

Dadá: cómo detener la historia. Por O. Martí. El dadaísmo, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “un movimiento literario y artístico surgido entre 1915 en Europa y Nueva York que se caracterizó por ser deliberadamente antiestético e iconoclasta, provocando en reuniones públicas el escándalo y, con frecuencia, la burla infantil o el sarcasmo”. En 1962, Marcel Duchamp le decía a Hans Richter que “el nuevo realismo, el pop art…todo eso es un entretenimiento para niños que vive de lo que el dadaísmo hizo. Cuando descubrí los ready made esperaba hacer imposible ese carnaval de esteticismo. Pero los neodadaístas utilizan los ready made para descubrirles un valor estético. Les lancé a la cabeza, como una provocación, el botellero y el urinario, y ahora resulta que admiran la belleza de los mismos. André Breton, de mayor pretendía no haber hecho nada de valor desde sus años de dadaístas. “No hemos hecho nada nuevo”. Con el surrealismo quiso darle una orientación social, revolucionaria al estallido dadaísta. Tzara no quiso poner su creatividad “al servicio de la revolución”, de ninguna otra que no fuera ese absurdo que se autoconsumía, que ponía en evidencia la carnicería de las trincheras, la falsedad de discursos que elegían bando, bandera y bayoneta. El dadaísmo abre la puerta a toda la creación contemporánea, en eso está de acuerdo todo el mundo. Los pianos preparados de John Cage, el racionalismo constructivista, los “cadáveres exquisitos” de los surrealistas, las instalaciones de los videoartistas actuales, el body art, el “conceptual”, el arte povera, la “nueva figuración”, los fotomontajes, el llamado “nuevo periodismo”, todo eso y mucho más está en el dadaísmo y no nos sorprende. Lo que sí debiera interesarnos quizás es que el dadaísmo no se proponía como un nuevo “ismo” sino como el “ismo” que ponía punto final a la idea misma de progreso lineal e ininterrumpido. El humor del dadaísta es negro y ácido porque nace de un contexto dramático, simultáneamente a la guerra, no como reflexión a posteriori sino como condena coetánea de la patriotería de quienes prometían arreglar el mundo. Por eso mismo las palabras de Duchamp sobre todos los “neos”, sobre los sucesores, debieran figurar en el vestíbulo de todas las grandes ferias de arte contemporáneos, de todas las bienales, de todas las galerías. Baste con recordar cómo se desarrolló la Dada-Messe de Berlín en 1920, con un catálogo de papel periódico, con la obsesión “por dar por contenido a nuestras obras los acontecimientos actuales”, propósito que se materializa presentando un dibujo de un oficial alemán con cabeza de cerdo, renunciando a exponer los collage de Kurt Schwitters porque son “demasiado burgueses” y organizando el acceso a la galería a través de los urinarios de una gran cervecería. El dadaísmo, cuando visita Alemania, se radicaliza; cuando se instala en París, se divide en grupos y subgrupos. El pobre Jean Cocteau, que siempre quiso conciliar vanguardia y clasicismo, acabará por convertirse en la piedra de toque del dadaísmo parisiense: quienes le defienden o, simplemente, le soportan, quedan excluidos del nuevo movimiento: el surrealismo. Así avanza la historia.