13.7.10

El Ulises de James Joyce con sus personajes recorriendo sus calles

El Ulises de James Joyce y sus personajes recorriendo Dublín. A más de un siglo de una novela moderna literaria. Por Marta Pesarrodona Lo ideal sería, naturalmente aterrizar en Dublín, una ciudad de la que Joyce estaba harto y más harto y la consideraba una cuidad que personificaba el fracaso, el rencor y de la que uno (él) debía huir, como fue el caso. En Dublín –ciudad que adoro por cierto-, un recorrido posible –tengamos en cuenta que el día dura más de seiscientas páginas, lo que da para muchos recorridos-, después de un desayuno visceral, preferentemente riñones de cordero a la parrilla, que dan al paladar “un sutil sabor de orina levemente olorosa” (capítulo 4 ), a partir del obelisco Nelson hay que atravesar el río Liffey por el puente O’Connell, pasar junto a una de las universidades medievales del área anglosajona (las otras son Cambridge, Oxford, en Inglaterra, y St. Andrews, en Escocia), es decir Trinity College, seguir por The Castle, que hoy alberga el Gran Libro de Irlanda, con papel extraído de uno de los árboles de la casa en Sligo de W. B. Yeats, para llegar al mediodía, tomar una copa de borgoña en el pub Davy Byrne de Duke Street. Por la tarde, una pinta de cerveza en el hotel Ormond, donde las camareras tentaron a Leopold Bloom en el capítulo de las sirenas, así como un paso por el Museo Nacional, donde Stephen Dedalus departe con Shakespeare y, en especial, con Hamlet, lo que dio, en su momento, una gran vía de inspiración teórica a otro Bloom, Harold Bloom, para su Canon Occidental. En su defecto, siempre cabe la posibilidad de descolgarse por Zurich –otra ciudad que adoro- y desayunar las vísceras bloomianas en el James Joyce Pub de Pelikanstrasse (trasladado madera a madera desde Dublín). Para rematarlo, no estaría mal a media tarde –siempre en Zurich- pasarse por el cementerio de Fluntern, donde un Joyce algo burlón, pétreo, sentado y con un cigarrillo en la mano, siempre tengo la impresión que dialoga con su vecino: Elías Canetti. Pero, en el mejor de los casos, y sin los engorros de esperas interminables en los aeropuertos o congestiones letales en las autopistas, siempre podemos quedarnos en el Moratalaz madrileño o en la Barceloneta de Barcelona, con un ejemplar de Ulises, y agradecer a Joyce la radical libertad expresiva que nos legó con su obra. Así han pasado más de un siglo de aquel 16 de junio de 1904.