13.7.10

La transgresión del idioma

La transgresión del idioma Prescindir de los signos de puntuación, poner un verbo donde debe ir un artículo y jugar con las mayúsculas y las minúsculas son algunas de las formas en que muchos autores rompen las rígidas normas de la lengua y se burlan de época determinada. “Sí porque él nunca había hecho tal cosa como pedir el desayuno en la cama con un par de huevos desde el Hotel City Arms cuando solía hacer que estaba malo en voz de enfermo como un rey para hacerse el interesante con esa vieja bruja de la señora Riordan que él se imaginaba que la tenía en el bote y no nos dejó ni un ochavo todo en misas para ella sola y su alma grandísima tacaña como no se ha visto otra con miedo a sacar cuatro peniques para su alcohol metílico…” Y se podría seguir hasta el infinito…Así, sin parar casi sin aire, casi sin respirar durante 43 páginas, James Joyce atrapa y se despide de los lectores del Ulises (1922), considerada por muchos como la novela en inglés más importante de todos los tiempos. El último capítulo de este “monstruo” de la literatura no conoce los signos de puntuación ni las comas, ni mucho menos los puntos y los comas. Solo sabe de velocidad, juego, ritmo. Fragmenta, a veces ahoga. Es el final de un libro que rompe con la lengua, con la literatura. Este es uno de los ejemplos que muchos escritores y profesores dan cuando quieren hablar de esos autores que alteran la “Constitución” de las normas narrativas. Incluso, algunos dicen que el famoso escritor irlandés fue uno de los primeros en atreverse a experimentar con el lenguaje pero en realidad lo hicieron también Francisco de Quevedo, Laurence Sterne, Vicente Huidobro, César Vallejo, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, y José Saramago, entre otros. Y hay otro más extremista que los antes señalados como es el caso del Premio Nobel García Márquez que opina volar la ortografía y escribir como salga del alma con tal de comunicar un sentimiento. No es un capricho o un juego, se escribe así porque se siente la necesidad de liberarse, de volar, de darle rienda suelta a la conciencia. Y la conciencia no tiene puntos ni comas, ni gramática ni nada que se parezca. Así, por ejemplo García Márquez en “El otoño del patriarca” convierte cada capítulo en un párrafo larguísimo que refleja el automatismo en la escritura y el fluir de la conciencia.