29.7.10

La letra lo fundan los poetas. Hölderlin.

Extensos son estos Cantos de Hölderlin -escritos entre 1801 y 1803-, como extensos eran los espacios que él recorría a pie en la época en que los escribía, por tierras alemanas o francesas bellamente nevadas. Sin duda esa blancura era la página donde su pensamiento, al contemplarla, se lanzaba a saltarse la línea del horizonte. En efecto, por un lado se situaba en Grecia o en la India, por otro rompía con la forma anterior, pues surgía en él un nuevo estilo -un neue Sangar-, donde su memoria iba más allá del recuerdo para incorporar el mito y la tradición literaria e incardinarse en acentos visionarios. Así los Cantos, en sus dos aspectos, “nocturnos” y “patrióticos”, devuelven la poesía a su primigenia vocación sacra y augural que le permite, abarcando el pasado, anunciar el futuro -sean los libros sagrados o Píndaro quien esté latiendo debajo, marcando el pulso de los versos. Hoy nos parece incomprensible que en este nuevo arte del canto se pudiera ver algo escandaloso y por ello colocar a Hölderlin en el marco de “poeta maldito”. Pau nos recuerda que en 1800 Novalis publicó sus Himnos a la noche, y acaso, como él afirma, éstos “hablan de la noche en el sentido en que lo hacen los místicos, como un paso necesario para llegar a la luz”, mientras los Cantos nocturnos de Hölderlin “no tienen la dimensión trascendente”. Pero en este libro, que abarca también los Cantos patrióticos, hallamos una claridad diferente, que no precisa de la impostación en la “trascendencia”, sino que parte de la realidad y la realidad poética. Se trata de una apertura a la claridad cenital, no sólo en sus conceptos sino en su forma, en lo que un día detectó Jenaro Talens, al decir que en sus poemas las “digresiones y las repeticiones luchan por hacer estallar una aparente serenidad y una estructura tan sólida en su superficie como llena de grietas”. Por esas grietas respira el poema y permite que se crucen tiempos y espacios. De la sabiduría que de ellas fluye, bebió luego ávidamente Rilke. A los cantos de la primera parte, nombró Hölderlin “nocturnos”, porque “me arrastra siempre la noche poderosa”, pero en ellos llama al Espíritu del fuego para decir que el hombre “ha nacido libre”, y pidiendo que proteja “ese sosiego en flor de la bondad infinita”. Se trata de la punta diamantina, ya que la bondad es exactitud, y ésa es la búsqueda, aunque llevada a cabo cuando, de noche, “todo se entremezcla sin orden, y retorna/ al caos originario”. Pero el origen y el desconocido final están tan unidos como la luz y la sombra, de ahí que el poeta lance un lazo a Asia: “A ti, madre Asia, te saludo,/ a ti que lejos, a la sombra de tus viejos bosques, descansas y recuerdas tus hazañas./ [...] Así llegó de Oriente la palabra a nosotros”. Son versos que nacen de un sentir propio, pero que flotaba en el aire. Schlegel, que afirmó:“es en Oriente donde hemos de buscar la quintaesencia de lo romántico” -y dejó inacabada una traducción del Mahabharata- incubaba ya, sin duda, su obra Del idioma y la sabiduría de los indios, que apareció en 1808. Hölderlin recorría a pie los caminos porque el pie sobre la tierra le daba la medida de su estar en la existencia, pues “es terrible cómo Dios dispersa, /aquí y allá, infinitamente, la vida”. Este mismo paso le comunicaba la verdad de raíz a transmitir, y así proclamaba que “la letra, en su firmeza,/ sea respetada, y también el sentido/ de lo que perdura.” Y “lo que permanece -dijo-, lo fundan los poetas”. EL INVIERNO Cuando pálida nieve embellece los campos, Y un alto resplandor la inmensa llanura ilumina, Seduce el Verano que pasó, y delicadamente Se acerca la Primavera mientras la hora declina. Espléndida aparición, el aire es más puro, Claro está el bosque, ningún hombre Camina por las calles, ya tan lejanas, y el silencio Se hace majestuoso y todo ríe. No resplandece aún la Primavera con la luz de las flores Que tanto aman los hombres, pero estrellas Claras hay en el cielo y bello es contemplar El cielo tan lejano, que rara vez se turba. Como llanuras son los ríos, las imágenes, Aunque desvanecidas, más notable, la placidez De la vida perdura, la grandeza de las ciudades Con especial bondad se aprecia en la ilimitada lejanía