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"Nunca está de más conocer el sabor ingrato de la patria"

El Cultural Bryce Echenique "Nunca está de más conocer el sabor ingrato de la patria" NURIA AZANCOT | Publicado el 09/07/2010 De vuelta, una vez más, en el Perú “de mis amores y mis dolores”, a Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) le esperan varias semanas enloquecidas en las que rodará por Barcelona, Madrid, París, Roma, Milán, aunque, en realidad, sepa que no viaja a ningún país, pues sólo“viajo a amigos”. Los suyos, a pesar de las acusaciones de plagio, son incondicionales, como Jorge Herralde, que acaba de publicar su último libro de cuentos, La esposa del Rey de las Curvas (Anagrama). La vida de Bryce ha sido una pura huida de libros y amores y tristezas desde que, siendo casi adolescente, se instalase en París. Después vendrían Barcelona, Italia, Estados Unidos, Lima de nuevo, Madrid... Él lo tiene muy claro: "Hay quienes dicen que, entre los placeres, el más triste es el viajar. Yo agregaría que un viajero solitario es un diablo. Además, del país de uno hay que alejarse siempre un rato para curarse de la ingratitud de la patria. Aunque la patria, la verdad, se porta de maravillas conmigo desde que hice mías las palabras de Mario Vargas Llosa: 'A fin de cuentas, el país de uno se reduce a unos cuantos amigos y unos cuantos paisaje'". La magia de la cotidianidad El día de la entrevista, nos cuenta Bryce que se había reunido con unos amigos del colegio para almorzar y ver el partido España-Portugal en “nuestro San Isidro de la infancia, un distrito mágico. Y nos reunimos con nuestros primeros amores, casi todos. Y acabo de regresar a casa sin saber cómo fue ese partido porque sencillamente nos olvidamos de encender el televisor...”. Como todos los días, mañana volverá a caminar hora y media, luego a remar un poquito en el gimnasio de su casa. Después vendrán el duchazo, la lectura, y el almuerzo “con mi esposa y sus mellizas de 19, que son mi locura y hacen conmigo lo que les da la gana”. Aprovecha sus insomnios para releer, por ejemplo, a Stendhal, en el bar inglés del Country Club “donde además me dan algo de picar mientras bebo un negroni, pero con vodka, no con ginebra”. Amores sin hipotecas Su vida trascurre así, plácidamente, también entre librerías como Visor en Madrid o La Central en Barcelona, releyendo más que leyendo, aunque “antes serán siempre mis amigos, aquí, allá y acullá. No viajo ya a ningún país: sólo viajo a amigos... Por el sur de España se come bastante mal pero yo me sentía muy a gusto comiendo en la finca de Antonio Ordóñez. Me decía siempre: 'Enamore Bryce, pero no se hipoteque'. Y después nos sentábamos sobre los muros del pozo donde, por voluntad propia, se encuentran las cenizas de Orson Welles. Allí, viendo pasar las horas, su catolicismo viejo le hacía negar el suicidio de Hemingway. 'No, peruano, me decía siempre: lo que pasó en realidad es que yo no estuve aquí cuando él vino a buscarme y él no estuvo allá cuando yo fui a buscarlo.' Y ni se inmutaba cuando yo le decía que en Verano sangriento Hemingway escribió que su padre era un pésimo torero y tenía el culo muy gordo. Después, una tarde, asistimos juntos a un acto en que a Hemingway lo hicieron ciudadano predilecto de Ronda, o algo así, y el fiscal, o lo que sea, el abogado del diablo, leyó aquella frase de Hemingway sobre el culo gordo del Niño de la Palma. Entonces me di cuenta de lo buen consejero que era Ordóñez: tampoco se hipotecó”. -Usted pasó de ser uno de los autores más admirados de Hispanoamérica a ser criticado por sus supuestos plagios... ¿Cómo se explica lo ocurrido? -Pues esto es lo que se llama exactamente la ingratitud de la patria. Te odian porque bebes tus negronis en el Country Club y conduces un Mini Cooper con asientos de cuero de cerdo de bellota y le negaste la máxima condecoración a Fujimori y tú sigues libre y él, pues él... Y te odian sobre todo cuando ganas uno de esos juicios de plagio o porque, humorista hasta la muerte, citas a Borges, a pesar de que ganas tu juicio: “El plagio es un homenaje”. Entonces te abren otro juicio pero sin siquiera avisarte. Claro que pierdes pero entonces tu abogado apela al Tribunal Constitucional y te odian más, siempre los ex fujimoristas y la prensa del odio como noticia diaria. En cambio, la gente de la calle no te deja pagar una cuenta ni en el mejor restaurante. Ayer me pasó, sí, comida y cena. Pero, en fin, lo mío no es nada al lado de quien siempre estuvo a mi lado: a Vargas Llosa lo acusaron de trata de blancas... Conservo su carta y me siento un enano al lado de él, créame: la eterna ingratitud de la patria: Lo malo y lo bueno, claro, es que la patria mía está también en Grecia o en la Italia en que empecé a escribir. O en Cartagena de Indias, donde Gabo me invitó al cine que tiene en su casa, con butacas de platea y todo, y al irte te dice, desmemoriado como anda: “Peruano, no sólo te sigo queriendo sino que te sigo leyendo”... y Cochabamba, Bolivia, luego, Puerto Rico enseguida... And so far... -¿Cómo influyó en su escritura y en su vida ese asunto? -Pues nada que importe, en realidad, aunque la verdad es que nunca está mal conocer el sabor ingrato de cierta patria. Yo sigo escribiendo como siempre y sigo colaborando en la prensa peruana y extranjera, aunque en este momento mi absoluta prioridad es la novela en que trabajo: en fin, como siempre. -¿Qué relación tienen en su obra realidad e imaginación, qué predomina en sus relatos? -Se parte de un punto real pero luego llega ese momento delicioso en que, según Graham Greene, “los personajes empiezan a decir y hacer lo que les da la gana”. -¿Hay mucho de autobiográfico en los relatos de La esposa del Rey de las Curvas? -Definitivamente mi mamá jamás estuvo casada con el rey de las curvas (un famoso automovilista peruano), más bien sí con el rey del Banco Internacional del Perú, que también fue sumamente curvilíneo en la historia del Perú, pero que hoy, ya multinacional, por fin, se llama Interbank y no me aceptaría a mí ni de portero. El Rey de las Curvas -Sí, pero ¿cómo nació la historia que da título al volumen, de verdad no se soñó jamás el hijo “del rey de las curvas”? -En mi primer libro de cuentos, Huerto cerrado, hay un relato que todos han considerado hasta hoy profundamente autobiográfico y que se llama “Yo soy el rey”. Lo malo, en este caso, es que transcurre en un burdel de quinta categoría. Pero como le dije que dijo Graham Greene: “Los personajes empiezan a hacer y decir lo que les da la gana”. -¿Tampoco le ha prestado nada al protagonista de “Un viaje corto y final”, ni siquiera su visión de la revolución cubana? -Este cuento, le juro, nació de mi necesidad de inventarle un relato a mi familia para no tenerlos que llevar donde “De ayer ya nada queda, ni el canto de sirenas...” -¿Qué sueños le quedan del autor que emigró en su juventud a París, y qué certezas ha tenido que ir cambiando con el tiempo y los desengaños? -Sigo emigrando en mi juventud aunque ahora a muchos otros sitios, además de París, pero nunca he tenido certezas porque mi vida se basó siempre en los amigos y no en las certezas. Y lo escribí en No me esperen en abril: “A los amigos hay que perdonarles todo, aunque joda”. Menos a uno que no me jodió nada y entonces para qué perdonarle nada tampoco... -Alguna certeza, pues: ¿qué le debe a Cortázar y a Camus, referencias en casi todas sus obras, y también en este libro? -A Cortázar la ironía, la travesura, el hablar sin decir, y el amar profundamente la condición de extranja, o sea, perteneciente a una patria extranjera. Y a Camus lo mismo, y por parecerse a Gardel al lado de Sartre, a ese Sartre con sus ideas siempre tan correctas y sartrianas, hasta pasó por Voltaire cuando le pidió a mi general De Gaulle que lo metiera en chirona por Mayo del 68 y, ufano, como Ufemia en la canción, se fue a dormir cuando mi General le dijo que no se podía detener a Voltaire. Camus era cojonudo porque jugaba fútbol, dudaba hasta de Sartre, porque su L'homme revolté, escrito en 1948, parece escrito ayer, hoy y mañana, porque su madre era española y un día dijo: “Sí, creo en la justicia, pero si la justicia se metiera con mi madre....” -¿Y a Julio Ramón Ribeyro? -Sus cuentos, su mesura, y nuestros domingos en París, con y sin aguacero, mil años. La nueva fiebre del oro -¿Qué queda de su amistad de antaño con Vargas Llosa? -Bueno, sólo puedo decirle que, o la palabra antaño no existe, o que un presente pleno es lo que queda entre él y yo. -¿Enmascaran el humor y la ironía en sus relatos y novelas, como dicen los críticos, un pesimismo sin salida? -Los críticos son los que podrían responder a esta pregunta, por más que yo siempre me he definido como un pesimista que siempre desea que todo salga bien. Y hasta diría que soy un pesimista relativo pero siempre con happy ending, eso sí. -Vargas Llosa ha condenado repetidamente los excesos de Hugo Chávez y del neobolivarismo que recorre el continente latinoamericano... ¿es la solución que algunos creen o un nuevo y peligroso problema? -Chávez es un sátrapa más. Un Tirano Banderas con petróleo pero sin barriles, por decirlo de alguna manera... - ¿Cómo vive la crisis que asola al mundo y a España? ¿Qué le preocupa más, la crisis económica, la social, la cultural? -Me preocupa todo, pero me duele más España, porque la vida es así y la mayor parte de mis amigos europeos están ahí, aunque no siempre sean españoles. En lo demás sólo puedo decirle que una crisis es total o no lo es. No tiene aspectos cultural o social o económico. Imposible responder a los matices de su pregunta pues hoy el Perú, mi otro país junto a España, vive un auge del oro, por primera vez en su historia, y una bonanza inmensa que sin embargo la gente en la calle no percibe. Mis únicas alegrías con tanto oro es que un amigo viejo de buscarlo y de edad encontró una rayita de oro en su vieja y agotada mina, pero que seguía en la rayita de oro de una mina vecina y de un magnate internacional: se contentó con cinco millones de dólares para su vejez y cinco más (dentro de un plazo) para sus hijos y al final cinco millones más para sus nietos. Lo celebramos con unos músicos atroces y se comía, como siempre, pésimo en su casa. Y el otro amigo que encontró un oro tan fino que sólo servía para algún polvillo de la ropa que usan los astronautas de la NASA, está más triste que nunca porque su hermano mayor se había suicidado por pobre exactamente un mes antes de que tuvieran oro de la NASA que repartir... En fin, como decía Sinatra: “Life, the main event”.