3.8.10

Stendhal por Bloom

Harold Bloom es un crítico anglosajón muy polémico por lo pronto interesante por sus opiniones sobre literatura universal donde plantea la supremacía de la lengua inglesa sobre otras tradiciones. El tiempo felizmente lo esta desmintiendo. Aquí alguna de sus artículos. Stendhal Cuando era joven, e incluso en mi madurez, prefería, con mucho, Rojo y negro a La Cartuja de arma. En la vejez, se han vuelto las tornas. Aún sigo releyendo estas dos novelas una vez al año, más o menos, pero La cartuja es la que siempre me procura mayor deleite. Ambos libros son obras maestras de la ironía, pero el frío esplendor de la historia de Julien Sorel no me cautiva tanto como la más nostálgica de la sga de la duquesa Sanseverina, seguramente una de las mujeres más deseables de toda la literatura. No sentimos que Stendhal esté enamorado de Mathilde o de la señora de Rênal , pero su pasión por la duquesa es palpable. Después de Shakespeare, que ejerció sobre él una influencia notable, Stendhal es uno de los autores occidentales que mejor nos enseña lo que necesitamos saber acerca de las ilusiones y las realidades del amor sexual. Es difícil oponerse al análisis stendhaliano que divide el “estar enamorado” en partes iguales de vanidad gratificada y patología. N uestra resistencia a este análisis, en particular cuando estamos enamorados, puede ser intensa, pero las verdades irónicas de Stendhal tienen aura de realidad. El autor perdió a su madre a los siete años, y la echó de menos toda la vida, mientras odiaba cordialmente a su padre. Leal a Napoleón, Stendhal fue un funcionario de confianza del Ministerio de Guerra hasta la derrota del emperador. Su pasión por Angela Pietragrua, informa su retrato de Gina Pietranera, la duquesa de Sanseverina, mientras su difícil cortejo de una mujer llamada Mathilde pudo dar lugar a su visión cómica de la Mathilde de Rojo y negro. Muerto a los cincuenta y nueve años, Stendhal supo que se había adelantado a su época, pero ha disfrutado de una sólida fama y de un inmenso público lector durante los últimos ciento veinte años. Pese a su energía, no está a la altura de Balzac y Víctor Hugo, demiurgos preternaturales de creatividad, y su arte es exactamente el polo opuesto de la minuciosa maestría de Flaubert. André Gide prefería La Cartuja de Parma a todas las demas novelas francesas, pero no olvidemos que Gide rechazó Por el camino de Swann, el primer volumen de la Recherche proustiana, sin duda alguna la obra maestra de toda la ficción francesa. Pese a las muchas semejanzas entre Rojo y negro y La Cartuja de Parma, las novelas son sutilmente distintas en su perspectiva erótica y en la representación de los protagonistas de Stendhal. La nostalgia de la gloria napoleónica no abandona a Julien casi hasta el final, pero se extingue en Fabrizio tras el fiasco de Waterloo. El auténtico amor no se apodera de Julien hasta sus últimos días y, si bien no hay motivos para dudar de su sinceridad, tanto él como la señora de Renal saben que no tienen futuro, lo cual constituye un no despreciable aliciente para avivar la pasión. En la Cartuja de Parma, ningún hombre contempla a Gina sin desearla, excepto Fasbrizio, que teme la barrera del incesto, cosa que no frena a la duquesa, quien sólo gusta de él. La pasión final de Fabrizio por Clélia es tan definitiva como la que Gina siente por él. Sin embargo, Stendhal es el menos monumental de los novelistas (¡a poca distancia de Ronald Firbank!), y por eso nosotros, sus felices lectores, nunca nos creemos del todo estos amores trascendentes. No es este improbable punto de vista erótico de lo que me hace preferir La Cartuja de Parma al eros más realista y stendhaliano de Rojo y negro. Antes bien, es el brío improvisador de La Cartuja lo que me arrastra. Su traductor al inglés, Richard Howard, comenta, con maravilloso acierto, que hay que releer la novela a medida que se la va leyendo, porque prácticamente todos los personajes importantes se reinventan a sí mismo sin cesar –un elemento Shakespeareano en Stendhal-. Una vez más, como en Shakespeare (como en la vida), nadie en Stendhal escucha de verdad lo que le dicen los demás, y mucho menos si se considera enamorado de quien le habla. Aunque Stendhal conocía Italia muy bien, su Italia, como la de Shakespeare, es un país romántico de la imaginación. El París de Rojo y negro, e incluso el ficticio. Verriéres, inspiran a Stendhal un realismo erótico frío; en cambio, su Italia imaginaria le permite entregarse a visiones de un eros más extravagante. La Parma de Stendhal podría ser la Verona de Romeo y Julieta, pero Rojo y negro vaticina el universo erótico de En busca del tiempo perdido de Proust, donde os celos, más que cualquier cosa, los que determinan toda relación sexual. Paul Valéry fue quien lo expresó mejor: “Stendhal hace que el lector se sienta orgulloso de ser su lector.” Lo cual significa que a sus protagonistas les perdonamos todo. Julien Sorel no sabe absolutamente nada de sí mismo; siente las pasiones sólo después de simularlas y tiene un innegable talento para la hipocresía. No obstante, Julien mantiene nuestro interés y algo más: nos fascina, y no podemos sentir antipatía por él. En Stendhal, todos los personajes son egoístas; al fin y al cabo, nosotros también lo somos. En La Cartuja de Parma, Mosca, la mente más serena de Stendhal, siempre antepone su propia felicidad a todo lo demás. La magnífica Gina tiene la vivacidad de una heroína de Shakespeare, de Rosalinda o Beatriz, por ejemplo, pero trama un asesinato, se entrega al príncipe de Parma, más joven que ella, y, por lo general, trastoca todas nuestras expectativas. Y precisamente por eso lo queremos más. El secreto de Stendhal puede ser el haber concebido la vida como una novela, pero no confundió la novela con la vida. ¿Quién pudo –me pregunto- aparte de Shakespeare? Dante, Cervantes, Homero, la Biblia y –después de Stendhal-Tolstói, Proust, Joyce. Stendhal no pretendía formar parte de este grupo de visionarios, pero tampoco lo necesitaba.