3.8.10

Harold Bloom sobre Kafka.

Franz Kafka escribió “Josefina la cantante y el pueblo de los ratones,”su último relato, a principio de la primavera de 1924. Sabía que se estaba muriendo de tuberculosis; sólo vivió el 3 de junio, cuando le faltaba poco menos de un mes para cumplir cuarenta y cuatro años. “Josefina la cantante” tiene una atmósfera terminal; fue, conscientemente, el testamento estético y espiritual de Kafka, el final de lo que él había llamado su Nueva Cábala. Nunca más dialéctico que aquí, Kafka es y no es Josefina, y los ratones son y no son el pueblo judío. Enloquecedor, sí, pero estéticamente esencial. Una vez formulé así esta diferencia: “Los silbidos de Josefina son la historia de Kafka, y, sin embargo, difícilmente puede decirse que la historia de Kafka son los silbidos de Josefina.”Desde el punto de vista intelectual, simplemente inadecuada. Los últimos párrafos del relato me obsesionan y me hacen pensar en todo lo que se perdió cuando murió Kafka, justo en el umbral de un arte más grande del que él mismo se había permitido soñar. “Pero el camino de Josefina no puede más que ir cuesta abajo. No tardará en llegar el momento en el que suene su último silbido y enmudezca. Ella sólo es un breve episodio de la historia eterna de nuestro pueblo, y el pueblo superará su pérdida. Naturalmente, no nos resulto fácil; ¿cómo celebrar las asambleas en absoluto silencio? A decir verdad, ¿no eran silenciosas también con Josefina?¿Era su silbido notoriamente más sonoro y más vivo de lo que será el recuerdo de ese silbido?¿Fue, incluso cuando ella aún vivía, algo más que un mero recuerdo?¿No habrá el pueblo de los ratones, en su sabiduría, encumbrado tanto el canto de Josefina precisamente porque era así, imperecedero?. Es posible que, al fin y al cabo, nosotros no perdamos tanto; Josefina , en cambio, liberada de las penas terrenales, que, en su opinión, están reservadas para los elegidos, se perderá alegremente en la multitud innumerable de los héroes de nuestro pueblo, y pronto, puesto que somos historiadores, alcanzará la redención y caerá en el olvido, como todos sus hermanos”. “¿Fue, incluso cuando ella aún vivía, algo más que un mero recuerdo?.” Los ratones “no son historiadores”; no podemos sino recordar que los exégetas clásicos judíos no eran exactamente historiadores. Nada, ni siquiera en Kafka, es más triste que el final de esta narración: “alcanzará la redención y caerá en el olvido”. Ningún buen escritor desea esa redención, la de ser relegado al olvido. Junto con Joyce, Proust, Freund, Faulkner y muy pocos más del mismo nivel, Kafka es uno de los escritores de referencia del siglo XX. Al final, sólo buscó la redención comunitaria del olvido, que lo recordasen como parte de un pueblo, no como individuo. No fue ése su destino, aunque sí el de Josefina. Cuando pensamos en el escritor judío posbíblico, pensamos en Franz Kafka.