24.2.11

Céline escribe un artículo sobre Zola

Lamento haberme retrasado tanto por el anunció de hace varias semanas sobre nuevos post. Ahora si les envío. Un abrazo.Empezare con el escritor francés Céline.Que lo leí en mi adolescencia. Zola por Céline. El escritor francés Céline célebre por su novela de “Viaje al fin de la noche”, y colaboracionista de los nazis en los años de la ocupación alemana, publico en 1933 un sentido homenaje a Emilio Zola. Al pensar en Zola nos sentimos un poco incómodos frente a su obra: está muy cerca de nosotros todavía para juzgarla bien, en sus intenciones quiero decir. Nos habla de cosas que nos son familiares…Nos habría complacido más si hubieran cambiado un poco. Permítansenos un pequeño recuerdo personal. Cuando la Exposición de 1900, éramos todavía muy jóvenes, pero hemos conservado el recuerdo muy vivo de que fue una enorme brutalidad. Pies sobre todo, pies por todos lados y polvo en nubes tan espesas que se podían tocar. Muchedumbres interminables desfilando, apisonando, aplastando la Exposición, y luego esa acera rodante que rechinaba hasta la galería ede las máquinas, llena, por primera vez de metales torturados, de amenazas colosales, de catástrofes en suspenso. La vida moderna comenzaba. Después no lo hemos hecho mejor. Después de L’Assommoir, nada hemos hecho mejor. Las cosas han permanecido iguales con algunas variantes. En cuanto a sus sucesores, ¿ Zola trabajó demasiado bien? ¿O los recién llegados han tenido miedo al naturalismo? Puede ser… Hoy, el naturalismo de Zola, con los medios que poseemos para informarnos, se hace casi imposible. No saldríamos de prisión si habláramos de la vida tal como la conocemos, comenzando por la suya. Quiero decir tal como la entendemos después de veinte años. Ya a Zola le faltó cierto heroísmo para mostrarle a los hombres de su tiempo algunos cuadros alegres de la realidad. La realidad de hoy no le sería permitida a nadie. ¡Para nosotros, entonces, los símbolos y los sueños! Todas las transferencias que la ley no toca, ¡qué no toca todavía!, Porque después de todo, es en los símbolos y los sueños que pasamos los nueve décimas partes de nuestra vida, puesto que las nueve décimas de la existencia, del placer del vivir, nos son desconocidas o prohibidas. Cualquier día, los sueños, también, serán perseguidos. Es una tiranía que se nos debe. La posición del hombre en medio de ese fárrago de leyes, de costumbres, de deseos, de instintos anudados, inhibidos, se ha hecho tan peligrosa, tan artificial, tan arbitrario, tan trágica y tan grotesca al mismo tiempo, que jamás la literatura fue tan fácil de concebir como en el presente, pero también más difícil de sostener. Estamos rodeados de pueblos enteros embrutecidos, anafilácticos, el mínimo choque los expone a convulsiones mortales sin fin. Hemos arribado al final de veinte siglos de civilización y sin embargo ningún régimen resistiría dos meses de veracidad. Me refiero a la sociedad marxista tanto como nuestras sociedades burguesas y fascistas. De hecho, el hombre no puede permanecer en ninguna de estas formas sociales, completamente brutales, totalmente masoquistas, sin la violencia de una mentira persistente y cada vez más repetida, masiva, frenética, “totalitaria”, como se le llama. Privadas de esa coacción, nuestras sociedades se hundirían en la peor anarquía. Hitler no es la última palabra, veremos otros epilépticos todavía, tal vez aquí. El naturalismo en estas condiciones, se quiera o no, deviene en político. Lo derribamos. Dichosos aquellos que gobiernan el caballo de Calígula. En este momento, los aullidos dictatoriales van por todos lados al encuentro de obsesiones alimenticias innombrables, de la monotonía de las tareas cotidianas, del alcohol, de miríadas inhibidas, todo ello simulado en un inmenso narcisismo sádico masoquista producto de búsquedas, de experiencias y de sinceridad social. Se me habla mucho de la juventud, ¡el mal es más profundo que la juventud! Yo, de hecho, no veo en la juventud más que una movilización de aperitivos impetuosos, deportivos, automotrices, espectaculares, pero nada nuevo. Los jóvenes, en cuanto a las ideas por lo menos, permanecen en su inmensa mayoría a remolque de los R.A.T., bribones, charlatanes, homicidas. A propósito, para ser justos señalemos que la juventud no existe en el sentido romántico que aún le damos a esa palabra. A partir de los 16 años, el destino del hombre me parece más o menos fijo, en sus emociones por lo menos; después de ese tiempo no existimos más que repeticiones insípidas, cada vez menos sinceras, cada vez más teatrales. ¿Es posible que, después de todo, las “civilizaciones” corran la misma suerte? La muestra parece bien encajada en una incurable psicosis guerrera. No vivimos más que para ese género de repeticiones destructoras. Cuando observamos de cuales rancios prejuicios, de cuales fábulas podridas puede alimentarse el fanatismo absoluto de millones de individuos pretendida mente evolucionados, educados en las mejores escuelas europeas, nos sentimos autorizados, ciertamente, a preguntar si el instinto de murete en el hombre, en estas sociedades, no domina ya definitivamente al instinto de la vida. Alemanes, franceses, chinos, valacos…¡dictadura o no! Sólo pretextos para jugar a la muerte. Sé bien que todo podría explicarse como una maligna reacción de defensa del capitalismo o de la miseria extrema. Pero las cosas no son tan simples ni tan ponderables. Ni la miseria profunda, ni el agobio policíaco justifican estas riadas en mesa de pueblos enteros hacia los nacionalismos extremos, agresivos, estáticos. Desde luego, de ese modo se les podría explicar a los fieles, ya convencidos de antemano, a los mismos a los que se les explicaba no hace ni doce meses el advenimiento inminente, infalible, del comunismo en Alemania. Pero el gusto por las guerras y las masacres no habría tenido como origen esencial el apetito de conquista, de poder y de beneficios de las clases dirigentes. Todo se dijo, se expuso, en ese dossier, sin que repugnara a nadie. El sadismo unánime actual procede antes que nada de un deseo de aniquilación profundamente establecido en el hombre y sobre todo en la masa de los hombres, una suerte de impaciencia amorosa, casi irresistible, inánime, por la muerte. Con coqueterías, por supuesto, con mil denegaciones, pero el tropismo está ahí, y tanto más poderoso por cuanto es perfectamente secreta y silencioso. Ahora bien, los gobiernos han adoptado la extendida habitud de sus pueblos siniestros, están bien adaptados. Temen psicológicamente, cualquier cambio. No quieren conocer más que al pelele, al asesino por encargo, a la víctima a la medida. Los liberales, los marxistas, los fascistas no están de acuerdo más que en un solo punto: ¡los soldados! Nada más y nada menos. No sabrían qué hacer, verdaderamente, con pueblos pacíficos. Si nuestros amos han llegado a este tácito acuerdo práctico es que después de todo, tal vez, el alma del Hombre se ha cristalizado definitivamente bajo esta forma suicida. De un animal se puede obtener todo mediante la suavidad y la razón, mientras que el gran entusiasmo de las masas, los frenesí durables de las muchedumbres son casi siempre estimulados, provocados, alimentados por la bestialidad y la brutalidad. Zola no habría podido considerar los mismos problemas sociales en su obra, sobre todo cuando aparecen bajo esta forma despótica. La fe en la ciencia, entonces muy nueva, hizo pensar a los escritores de su época en una cierta fe social, en una razón de ser “optimista”. Zola creía en la virtud, el pensaba en horrorizar al culpable pero no en desesperarlo. Nosotros sabemos ahora que la víctima vuelve a pedir el martirio, y más prolongado. ¿Tenemos todavía el derecho, sin idioteces, de hacer figurar en nuestros escritos alguna providencia? Habría que tener una fe robusta. Todo se hace más trágico y más irremediable a medida que penetramos más en el Destino del hombre, cuando dejamos de imaginarlo para vivirlo, tal cómo es, realmente…Lo descubrimos. No queremos todavía reconocerlo. Si nuestra música se torna trágica, es que tiene sus razones. Las palabras de hoy día, como nuestra música, van más lejos que en la época de Zola. Trabajamos ahora con la sensibilidad, ya no con el análisis, en suma, “desde el interior”. Nuestras palabras van hasta los instintos y los conmueven a veces, pero al mismo tiempo hemos aprendido que ahí se detiene nuestro poder, y para siempre. Nuestro Coupeau no bebe ya como el primero. Ha tenido instrucción…delira mucho más. Su delirio es una oficina estándar con trece teléfonos. Él le da sus instrucciones al mundo. No le gustan las damas. También es valiente. Se le condecora calurosamente. En el juego del Hombre, el Instinto de muerte, el Instinto silencioso está definitivamente bien situado, tal vez a un lado del egoísmo. Tiene el lugar del cero en la ruleta. El casino siempre gana. La muerte también. La ley de los grandes números trabaja para ella. Es una ley sin defectos. Todo aquello que emprendemos, de una manera u otra, muy pronto, acaba tropezando con ella y se convierte en odio, en angustia, en ridículo. Se necesitaría estar dotado de una forma muy extraña para hablar de la muerte en un tiempo en que sobre la tierra, sobre las aguas, en el aire, en el presente, en el porvenir, no hay otro tema además de ella. Sé que aún podríamos ir a bailar musette al cementerio y hablar de amor en los mataderos; el autor cómico espera su oportunidad, para salir al paso. Cuando seamos completamente morales en el sentido en que nuestras civilizaciones lo entienden y lo desean, y pronto lo exigirán, creo que acabaremos por reventar completamente también de maldad. No nos quedará para distraernos más que nuestro instinto de destrucción. Es él al que cultivamos en la escuela y que mantenemos a todo lo largo de aquello que aún intitulamos: la vida. Nueve líneas de crímenes, una de fastidio. Pereceremos todos en coro, con placer en suma, en un mundo al que habremos envejecido con cincuenta siglos de obligaciones y de angustias. Es momento, en suma, de rendir un supremo homenaje a Zola en vísperas de una enorme derrota, de otra. Ya no es cuestión de imitarlo o de seguirlo. Nosotros no tenemos, evidentemente, ni el don ni la fuerza, ni la fe que crean los grandes movimientos del alma. ¿Tendría él, por su parte, la fuerza para juzgarnos? Hemos aprendido sobre las almas, después de que él hubo partido, cosas raras. El camino del hombre no tiene un sentido único, la muerte tiene los cafés, es la baloté “en la sangre” lo que nos atrae y nos retiene. La obra de Zola nos parece, por ciertos rasgos, semejante a la de Pasteur, tan sólida, tan viva todavía, en dos o tres puntos esenciales, transpuestos; encontramos la misma técnica meticulosa de creación, la misma preocupación por la probidad experimental y sobre todo el mismo formidable poder de demostración vuelto épico en Zola. Sería demasiado para nuestra época. Faltaría demasiado liberalismo para soportar el asunto Dreyfus. Estamos lejos de esa época, académica, a pesar de todo. Según ciertas tradición, yo debería tal vez terminar mi pequeño trabajo en un tomo de buena voluntad, de optimismo después de todo…pero ¿qué deberíamos esperar del naturalismo en la situación en la que nos encontramos? Todo y nada. Más bien nada, pues los conflictos espirituales irritan demasiado a las masas de nuestros días para ser tolerados mucho tiempo. La duda está a punto de desaparecer de este mundo. La matamos al mismo tiempo que a los hombres que dudan. Es más seguro “¡Cuando oigo pronunciar cerca de mí la palabra Espíritu, escupo!”, nos advierte un dictador reciente y por lo mismo adulado. Uno se pregunta ¿qué podría hacer este subgorila cuando le hable uno del naturalismo? Después de Zola , la pesadilla que acompaña al hombre no solamente se ha definido, se ha vuelto oficial. A medida que nuestros “dioses” se hacen más poderosos se hacen también más feroces, más celosos y más bestiales…se organizan ¿Qué les diremos? No nos comprendemos más … La escuela naturalista habrá hecho su tarea, creo, en el momento en el que se le prohiba en todos los países del mundo. Ése es su destino.