18.4.12

Jules Laforgue

El sollozo de la tierra


Jules Laforgue

Luis Antonio DE VILLENA

Hubo tres poetas en la Francia de fines del siglo XIX que cimentaron -desde diversos ángulos- lo que después sería la modernidad: Lautrèamont, Rimbaud y Jules Laforgue. Los tres dejaron una obra breve y una vida truncada. Los tres murieron jóvenes o muy jóvenes y los tres tuvieron un triunfo póstumo aunque, ello sí, rotundo. Laforgue -como Lautrèamont, Isidore Ducasse- había nacido en Montevideo en 1860, aunque ya a los seis años estaba en Francia, en Tarbes de donde procedía la familia, con su madre y hermanas. Estudiante y bohemio en París, lector de francés desde 1881, de la emperatriz de Alemania (lo que mejorará económicamente su vida durante cinco años) Jules Laforgue abandona ese puesto por amor, y vuelve a un París bohemio y pobre, donde una tuberculosis galopante lo mata en pocos meses, en agosto de 1887.

Veintisiete años tiene el poeta al morir (Lautrèamont tenía 24 y Rimbaud 37, pero había abandonado la poesía a los 21) y deja dos libros que serán definitivos Les Complaints, editado en 1885, y L’imitation de Notre-Dame la Lune, un año posterior. El simbolismo decadentista, en esos libros, se vuelve melancólico e histriónico, recurre al coloquialismo y al argot, y parece reirse de todo con sonrisa dolorida, que aleja lo dramático en ironía. Laforgue influyó en muchos poetas posteriores, aún ubicados en el simbolismo, pero a través de T. S. Eliot (que lo declaró siempre uno de sus maestros) y más sutilmente también a través de Wallace Stevens, Jules Laforgue -poeta melancólicamente herido- está, como dije, en toda la poesía moderna.

El sollozo de la tierra (escrito en 1880 y 81) es el primer libro de poemas que el jovencísimo Laforgue pensó publicar, aunque nunca llegase a hacerlo en vida. Acaso como los primeros poemas de Rimbaud (los anteriores a Una temporada en el Infierno) sean también poemas de aprendiz que siente deber mucho a sus maestros, pero no creo exagerado decir que se trata de un aprendiz excepcional. Es cierto que el ritmo y el tono retórico de los versos vienen de Baudelaire y de Verlaine, pero la desgarrada melancolía que llena los poemas -con excelentes sonetos, como era clásico en la época- el clima bohemio y destructivo con que contempla, desolado, la vida humana y la vida, a la postre no menos efímera, del planeta Tierra, todo ello muestra ya a un poeta que está al borde mismo de estallar en voz propia. El sollozo de la tierra puede ser considerado un primer libro -con los límites que ello dice- pero también el inicio de un poeta grande. Y esa grandeza no solo se nota en el comienzo de una borrachera melancólica (títulos como Demasiado tarde, Infierno, Nocturno, Triste, triste...) sino también en versos a menudo redondos y bellos como sentencias -esos versos que centran y dicen el pensamiento literario- que suelen ser, aforísticos casi, semilla de alta poesía: “Puedo morir mañana sin haber nunca amado”. O: “muerto al mundo, mirando al cielo, ebrio de Dios”, entre muchos. Por supuesto que, en francés -la edición es bilingöe- son muchos más sonoros (Ses anges dèlicats souriantsur fond d’or) pero el poeta Luis Martínez de Merlo ha sorteado bien la dificilísima tarea de traducir poesía simbolista de molde rítmico-estrófico, pues no se debe usar rima (que empobrece o deforma la traducción) pero no se puede olvidar el ritmo y cierta contundencia del verso, aunque sean distintos en una lengua y en otra. El trabajo es digno. Y Jules Laforgue -de quien también el joven Juan Ramón aprendió melancolía- ciertamente vale la pena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

excelente