3.10.10

Se fue Claude Chabrol

Entre Balzac y Rabelais Por Carlos F. HEREDERO Chabrol simboliza uno de los momentos cumbre de la historia del cine. El director francés cerraba su prolífica carrera con Bellamy, trabajo que se presentará en la próxima edición de la Seminci.Fue un cineasta que seguí en mis tiempo del Cine Club, cuando todavía habían buenas filmotecas por la ciudad. Primero fue Eric Rohmer, y ahora Claude Chabrol. Los viejos rockeros de la siempre joven Nouvelle Vague han empezado a despedirse. Y lo hacen mientras se mantienen aún, con la edad que tienen, al pie del cañón y sin dejar de rodar. Así viven hoy todavía, de hecho, Jean-Luc Godard, Alain Resnais y Jacques Rivette, artífices recientes de otras tantas y hermosas aventuras expresivas fuera de todo catálogo. Así se fue Rohmer, tras haber dirigido a sus ochenta y siete años la insospechable El romance de Astrea y Celadón (2007), adaptación de una novela barroca del siglo XVII protagonizada por pastores, ninfas y druidas que viven en la Galia del siglo V. Y así se ha marchado también Chabrol, tras haber realizado, poco antes de cumplir los ochenta, la sustanciosa Bellamy (todavía inédita en España, aunque se estrenará en el homenaje que la Seminci vallisoletana tributará en octubre a su director): un nuevo relato de trasfondo criminal enriquecido por un complejo y vitalista subtexto dramático. Sólo que Bellamy (2009) es, en realidad, el largometraje número ¡54! filmado por su director a lo largo de ¡52! años de actividad. Añadamos tres episodios para sendas películas colectivas, veinticinco realizaciones para televisión y 59 apariciones (la mayoría simples cameos) en otros tantos títulos propios y ajenos. Ergo, ya no es sólo que ningún otro cineasta de la Nouvelle Vague pueda exhibir una filmografía tan prolífica, sino que resultaría ciertamente difícil encontrar a ningún otro autor europeo que se haya mostrado tan infatigable y tan trabajador. El caso Chabrol es un caso aparte. Como sus compañeros de vague, empezó a escribir crítica cinematográfica en las páginas de Cahiers du cinéma, donde militó con armas y bagajes (libro incluido: el que escribió junto a Rohmer en 1957 sobre el director de La ventana indiscreta) en la banda ‘hitchcockhawksiana' de la publicación (André Bazin dixit), pero -a diferencia de otros compañeros- abandonó pronto las tareas de la reflexión escrita para empezar a ejercitarse, muy temprano, en el ámbito de la dirección fílmica, puesto que su primera película (Le Beau Serge, 1958) se adelanta un año a la explosión mediática que supuso la irrupción, en 1959, de Los 400 golpes (Truffaut), Hiroshima, mon amour (Resnais) y Al final de la escapada (Godard). Adelantado a su propio tiempo, por tanto, y adelantado también a todos sus camaradas, pues ningún otro de sus pares ha desarrollado una filmografía tan heterogénea y tan estajanovista, capaz de reinventarse una y otra vez con renovada capacidad para hundir su afilado bisturí en las etapas más vergonzantes de la historia de Francia, para diseccionar las entretelas de la burguesía local y para radiografiar con azufre sus patrones morales. Analista implacable del inconsciente ético de sus criaturas, Chabrol pone en escena el complejo sistema aparencial de esa burguesía para iluminar la tupida tela de araña de la que sus representantes son prisioneros y a la que, simultáneamente, su comportamiento contribuye a tejer con hilos tan invisibles como poderosos. Para el autor de La mujer infiel, Accidente sin huella, Al anochecer, El carnicero, Asunto de mujeres o La ceremonia, la verdadera tragedia de sus personajes es la de saberse reos de un sistema que no puede permitir escapatoria ninguna porque se sostiene sobre un espeso entramado de intereses cuya naturaleza contamina, incluso, los más íntimos vínculos afectivos. Resulta imposible, sin embargo, trazar una única línea estilística dentro de su desbordante filmografía, que se mueve continuamente entre Balzac y Rabelais, entre Simenon y Henry James. Hay un Chabrol rigorista y ‘langiano' (artífice de sus grandes logros), pero también un Chabrol juguetón y cáustico, un Chabrol burlesco y satírico, un Chabrol excesivo y expresionista, un Chabrol comercial y carnavalesco, un Chabrol hedonista, gourmet y socarrón..., acaso meros disfraces -todos ellos- de ese minucioso entomólogo cuya mirada penetrante era capaz de iluminar primero, y de sajar después con vitriolo, las zonas menos confesables de la psique social y moral de esa poliédrica “comedia humana” francesa que desfila por sus películas.