13.4.11

Clint Eastwood el premonitorio...el arte que se adelanta

Clint Eastwood evoca sus fantasmas El estadounidense regresa a los mundos de ultratumba en Más allá de la vida Carlos REVIRIEGO Clint Eastwood vuelve hoy a las salas españolas con Más allá de la vida, una película coral donde vivos y muertos entran en contacto. El filme mantiene una estrecha relación con las presencias espectrales sobre las que el autor de Gran Torino ha construido su ya legendaria filmografía. Hay testimonios post-morten que guardan extraordinarias similitudes. Quienes han regresado para contarlo hablan de una luz, de una sensación dulce, entre el sueño y la vigilia, de siluetas y voces que nos esperan al otro lado. Experiencias transformadoras. Esto le ocurre a la atractiva periodista francesa Marie LeLay (Cécile de France) en el espectacular arranque de la última y desconcertante película de Clint Eastwood, Más allá de la vida (The Hereafter), que llega a salas españolas después de haber dividido a crítica y público norteamericanos. Marie Lelay, que conduce un programa de entrevistas en la televisión francesa, es tragada por un tsunami para, inesperadamente, regresar a la vida. Por unos instantes, ha cruzado el telón y no descansará hasta encontrar una explicación a aquello que ha creído vislumbrar más allá de la vida. Lelay es el catalizador de tres historias cruzadas, una multiplicidad narrativa infrecuente en el cine de Eastwood. Paralelamente a su investigación, en otros puntos del planeta, Marcus, un niño británico (Goerge McLaren) con una madre drogadicta, sufre una terrible pérdida, y el norteamericano Georges (Matt Damon), lector amante de Dickens, lucha contra su poder oculto para conectar con los muertos. Historias que hablan idiomas distintos (como en Cartas de Iwo Jima, Eastwood no le teme al cine subtitulado) que están llamadas a converger y a nutrirse de sentidos inesperados. Cuenta Steven Spielberg que cuando leyó el guión de Peter Morgan (guonista de The Queen) no lo dudó un instante: “¡Esta película la tiene que dirigir Clint!”. Podría haber pensado en M. Night Shyamalan, en González Iñárritu o en su amigo Peter Jackson (Más allá de la vida bien podría ser la versión seca y desnuda, sin engalanamientos new age, de The Lovely Bones), pero por algún motivo pensó en Clint Eastwood. En apariencia, nada en esta historia nos hace pensar en el carácter de Harry Callahan que resucitó recientemente en Gran Torino, o en el cineasta que ha insuflado una saludable madurez a los géneros clásicos del cine norteamericano mientras glosaba la historia de su nación. Pero las apariencias siempre han sido muy malas consejeras para leer el cine de Eastwood. Lo visible y lo invisible En cierto modo, el último de los cineastas clásicos americanos hace explícito en su 33 largometraje aquello que ha venido convocando durante toda su carrera en la pantalla con delicadeza y artes esquivas. Si obviamos el artificio del guión -una trama que acaba dependiendo de que alguien busque en Google “qué pasa cuando mueres” o que encuentra su clímax ¡en la Feria del Libro de Londres!-, Más allá de la vida se articula como un sólido relato coral que cree en las segundas oportunidades, una fábula calmada y lúgubre sobre los secretos de la muerte. Pero es sobre todo una película de fantasmas, que confronta la vida y la muerte, lo visible y lo invisible, otorgándoles la misma relevancia. En verdad, desde el universo onírico de su debut con la hitchcokiana Escalofrío en la noche (1971), el autor de Los puentes de Madison -donde la historia secreta de una madre difunta transforma la vida de sus hijos- ha lidiado con estas dependencias entre lo terrenal y lo espiritual. Por supuesto ninguno de sus westerns -Infierno de cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), El jinete pálido (1985), Sin perdón (1992)...-, con sus ángeles vengadores que irrumpen en el horizonte como presencias metafóricas más que físicas, podrían entenderse obviando su dimensión fantasmal, mientras que personajes como Red Stovall de El aventurero de medianoche (1982) o el Charlie Parker de Bird (1985) se pasean por toda la película como cadáveres vivientes salidos de un filme de Jacques Tourner. Espectros en el jardín Si la muerte -la memoria, el pretérito, la Historia- es siempre el fondo gris oscuro que otorga sentido a las acciones de los personajes eastwoodianos, resulta en cuerto modo natural esta incursión de Clint Eastwood en el ignoto territorio de ultratumba. Sólo en dos ocasiones se había acercado a “fotografiar” el más allá con la explicitud y el aplomo con que lo hace ahora: en su película para televisión Vanessa in the Garden (1985), donde dirigió para la serie Cuentos asombrosos un cuento gótico en torno a un pintor (Harvey Keitel) y su musa; y, sobre todo, en la también infravalorada Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), película mágica donde las haya, sobre los fantasmas de la historia que pueblan Savannah, donde el periodista John Celso (John Cusack) debe establecer comunicación con las ánimas para resolver el misterio de una comunidad tomada por los fetiches del pasado. La sacerdotisa Minerva de Medianoche en el jardín del bien y del mal emerge ahora como el precedente más claro del Matt Damon que da vida a George en Más allá de la vida, un instrumento de telequinesia doblegado por su talento. Pero si la Minerva de aquel filme hacía gala de sus poderes de médium -“Para entender a los vivos, hay que comunicarse con los muertos”, decía-, George los vive como una maldición de la que su hermano trata de sacar tajada financiara. Y es que Eastwood, como acostumbra, revisita temas nucleares en su filmografía (el amor inesperado, la infancia maltratada, las segundas oportunidades) y los conecta con asuntos de actualidad, fundamentados en abruptas catástrofes (naturales, financieras o terroristas) que maneja sin sentido sensacionalista, apenas para mostrarnos lo cerca que estamos todos, en cualquier momento, de la desaparición. Puede que Más allá de la vida gestione con dudoso hermetismo demasiados ingredientes, pero también es una película al viejo estilo: directa, sin alardes, incluso ingenua. De esa ingenuidad resulta una escena final extraña por lo que tiene de ridícula y conmovedora al mismo tiempo, de cándida y sentimental. La aparente luminosidad que desprende Más allá de la vida se nutre sin embargo de secuencias lúgubres y frías, de total oscuridad. Hay algo magnético en este filme que, como la pulsión de muerte, nos atrae tanto como nos repele.